Del adjetivo al sustantivo en el campo social

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Segundo Moyano, director del Grado en Educación Social de la UOC.

En el ámbito social a menudo hablamos de integración, inserción, adaptación, asimilación y últimamente de inclusión. Pero, ¿a qué nos referimos al hacer referencia a la integración de los otros?

Tras la cortina de la integración social existen multiplicidad de sentidos. Integrar también conlleva alojar, acoger y acompañar al otro. Y ello debería incluir la posibilidad de manejarnos en torno a una significación diversa de entender la diferencia:

  • Diferencia como elemento inevitablemente humano.
  • Lo diferente, en tanto que cada acción social es única y es una categorización y cosificación homogénea de una cultura, una etnia o una zona geográfica.
  • Acompañar al diferente, de manera que el otro se considera un sujeto particular con deseos, anhelos, dificultades e intereses.

Acoger a ese otro diferente siempre ha supuesto un problema para el campo social, que se plantea cómo hacer lugar a la diferencia, cómo contemplar lo diferente como inherente a las prácticas sociales, acercándose a veces a ciertos intentos de homogeneización. La diferencia se contempla a partir de la clasificación, los rasgos, atributos o características que nos separan.

Políticas de integración social que funcionen bajo este supuesto no construyen lugares para la acogida del otro, no apuestan por albergar lo inesperado, sino por anticiparse bajo el formato de la categorización social del otro. De hecho, todos estamos lidiando continuamente con esos significantes que vienen a ocupar un espacio, eso que incomoda pero que parece necesitar un discurso acompañado de pensamiento y acción. En muchas ocasiones la mezcla de esos tres elementos viene ya dada, por lo que convendría re-pensar y re-hacer esos significantes, que vienen a nombrar lo diferente. Me refiero a la atención a la diversidad, a la adaptación, la integración y, recientemente, la inclusión.

A este respecto, señala Carlos Skliar que a menudo el propio sistema que excluye es el que pretende incluir. Y ahí se produce una paradoja con efectos devastadores.

Sin duda, todos acogemos más o menos estos conceptos. Unos para situarlos en el centro de sus prácticas, otros para intercambiarlos por aquellos ya obsoletos, otros para criticarlos. Vemos las dificultades, palpamos algunas incoherencias, pero pese a todo, volvemos sobre ellos. Son difíciles de descartar: ¿Por qué? ¿Qué vienen a sostener? ¿Vienen a llenar, a ocupar el vacío que provoca la relación con el otro?

Una posición ideológica

Todas estas formas de posicionarse frente a lo que podemos llamar la ‘extranjeridad’ obedecen a posiciones epistemológicas, pero también ideológicas respecto al papel de las políticas públicas, así como a la función acogedora.

No es lo mismo partir de la base que el extranjero debe esforzarse en integrarse (habitualmente bajo la promesa de que “es por su bien”), que plantear la necesidad que el anfitrión se despoje de una cierta idea de clonaje, se desprenda de la idea de renegar del otro como par. Ya que, sino, lo que aparece es un lugar de amo que obra por el bien del otro, que no es más que un “enmascaramiento ingenuo de los propios intereses” (Graciela Frigerio).

Alojar, acompañar y acoger

El esfuerzo parece que siempre va en una única dirección: integración, adaptación, inclusión. Alojar, acompañar, albergar, hospedar y acoger requiere un cambio de posición. Requiere, posiblemente, dislocar posiciones enraizadas de la protección social, entendida como derecho que se gana. Y ver si somos capaces de modificar algunos puntos de partida. Por ejemplo, que esa atención social aloje a lo diferente como algo inherente a lo humano. Sin juicio moral, sin prejuicio social. Posiblemente, deberíamos empezar por desestimar más a menudo el adjetivo migrante, refugiado, asilado y centrarnos más en el sustantivo que lo acompaña.