Trauma y somatización

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Esther Pérez, psicóloga y profesora colaboradora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación

Según los expertos en Trauma y disociación, un trauma psicológico es la experiencia individual y única de un incidente, una serie de incidentes o un conjunto de condiciones duraderas en las cuales se sobrepasa la capacidad del individuo de integrar su experiencia emocional, mantenerse presente, darle un sentido a su experiencia, y comprender lo que le está sucediendo.

Así mismo, Pat Ogden, fundadora de SPI (Sensorimotor Psychotherapy Institut/Instituto de Psicoterapia Sensoriomotriz) explica que un trauma es “una situación que se percibe como una amenaza a la seguridad, integridad o supervivencia de uno mismo o de otra persona, que estimula respuestas subcorticales defensivas además de hiper o hipo activación”. La Dra. Ogden añade que la percepción de amenaza no ocurre solamente mediante la evaluación cognitiva, sino también mediante sensaciones e impulsos físicos y fisiológicos que preceden a la percepción cognitiva y emocional.

La Doctora Janina Fisher, co-autora con Pat Ogden del libro “Psicoterapia Sensoriomotriz, Intervenciones para el Trauma y el Apego”, y experta en trauma complejo, en uno de sus artículos explica que las respuestas de supervivencia se desencadenan en las zonas temporales del cerebro y sobre todo, en el sistema límbico de la siguiente manera: la información sensorial del acontecimiento traumático es captada por el tálamo y en cuestión de nanosegundos se evalúa por la amígdala, que es “la alarma de fuego” y por el cortex prefrontal orbital izquierdo para determinar si la alarma de peligro es verdadera o falsa. Si el estímulo es benigno, la amígdala no responde, pero si es evaluado como peligroso, la amígdala le manda una señal al hipotálamo para que “encienda” el sistema nervioso simpático, el cual desencadena una cascada de neuroquímicos de las glándulas suprarrenales, iniciando la respuesta de estrés de adrenalina. Nuestros cuerpos se preparan para luchar o para huir. Si nos paramos a pensar, podríamos malgastar minutos imprescindibles para el tiempo de respuesta, pero esto hace que paguemos un precio muy alto; perdemos la capacidad de ser testigos de la experiencia al completo. Además, algunas áreas “no esenciales” para la supervivencia del cerebro se inhiben. Las glándulas suprarrenales inician también la actividad recíproca del sistema nervioso parasimpático, lo que da lugar a respuestas inmobilizadoras de supervivencia como la congelación o la sumisión.

Janina Fisher, continua explicando que después del acontecimiento, podemos temblar y llorar, pero el hipocampo, que es responsable de poner el acontecimiento en orden cronológico y formar una memoria narrativa, no puede hacer esto ya que en el momento que percibimos, la amenaza se inhibió, debido a que es una parte “no esencial” para las respuestas de supervivencia mobilizadoras de lucha o huida. Entonces, nos quedamos con respuestas neurobiológicas sin terminar y un record de memoria inadecuado de qué ha sucedido y cómo sobrellevarlo.

Si el acontecimiento traumático es único, recibimos después el apoyo adecuado y tenemos poco o no trauma previo, lo podemos integrar y dejar atrás. Sin embargo, si tenemos trauma previo sin resolver, y/o somos vulnerables en cuanto a nuestro desarrollo, y/o no tenemos apoyo adecuado, podemos quedarnos con recuerdos del trauma en forma de memoria implícita; respuestas intensas y síntomas que “cuentan la historia” pero sin palabras y sin saber que estamos recordando. Incluso, si el entorno es crónicamente traumatizador, el sistema de respuesta de supervivencia se volverá crónicamente activado, resultando en efectos a largo plazo en el cuerpo y cerebro en desarrollo.
Todo esto resulta en un sistema nervioso autonómico hiperactivado y estas respuestas de supervivencia se convierten en respuestas habituales a los estimulos. Los síntomas de estas percepciones de amenaza subjetivamente se sienten como “este es quien soy” e indican la historia que no se puede recordar plenamente o para la que no tenemos palabras. Esto síntomas pueden incluir hiperactivación que se puede manifestar como agitación corporal, tensión, ritmo cardiaco acelerado e incluso ataques de pánico, insomnio, pesadillas, dificultad para respirar e incapacidad de sentirse calmado y seguro en el cuerpo. La hipoactivación se puede experimentar entre otros síntomas, con un sentido de confusión, dificultad en la concentración, anhedonia, entumecimiento cognitivo, emocional y/o físico, falta de energía, letargo, colapso en el cuerpo, sentimientos de desesperanza y vergüenza.

Entonces terminamos experimentando el trauma cada vez que nuestra amígdala, ya hipersensible, percibe peligro en estímulos internos o externos, que directa o indirectamente están conectados al evento traumático original o a su contexto, lo que desencadena estas respuestas de supervivencia de manera habitual, y se manifiestan a través de síntomas somáticos que no parecen tener origen orgánico, en forma de sensaciones corporales que se sienten fuera de control para el individuo. Esto explica que las personas traumatizadas reaccionan en su sistema nervioso y en sus cuerpos como si los acontecimientos traumáticos del pasado estuvieran sucediendo aquí y ahora, es decir, reviven el pasado.