Cómo detectar el trastorno infantil de forma precoz

Mª José Buj Pereda, profesora colaboradora del máster en Dificultades del Aprendizaje y Trastornos del Lenguaje y directora de DEEDU (Tecnología al servicio de la Educación).

La detección temprana de trastornos de desarrollo –existentes o potenciales– contribuye a reducir sus consecuencias en el desarrollo global del niño. También ayuda a compensar y adaptarse a sus necesidades específicas, a reducir los efectos secundarios, a considerar al niño como un sujeto activo en la intervención y a atender las necesidades de la familia y del entorno.

Una vez que el niño o niña va a la escuela, los maestros y educadores son un importante agente de detección. En esta etapa pueden apreciarse problemas en las capacidades y comportamientos básicos para el aprendizaje: habilidades motoras, de socialización, de lenguaje, dificultades de atención y percepción, y limitaciones cognitivas o emocionales que antes no habían sido detectadas.

Las condiciones y las interacciones que se producen en la escuela son diferentes a las del entorno familiar: en la mayoría de los casos permiten poner de manifiesto la presencia de desviaciones en la evolución, también desajustes en el desarrollo psico afectivo del niño, y/o alteraciones en su comportamiento que, por su propio carácter o por la menor gravedad del trastorno, pueden pasar fácilmente inadvertidas a los padres y al personal sanitario.

Criaturas con riesgo psicosocial

Si el aprendizaje del niño depende en parte del medio en el que se desarrolla, este entorno influirá en su proceso evolutivo y madurativo. Se considera que un niño es de riesgo psicosocial si vive en condiciones poco favorables (falta de cuidado por parte de la familia, ausencia de madre/padre, maltrato, abuso, o negligencia), que afectan a su proceso de desarrollo. Para poder evidenciar signos y desviaciones en el desarrollo y conducir a una detección eficaz de los posibles trastornos es necesario un seguimiento evolutivo adecuado.

Durante el primer año de vida se pueden diagnosticar la mayoría de trastornos graves del desarrollo, tales como parálisis cerebral, retraso madurativo o déficits sensoriales. Durante el segundo año se pueden detectar las formas moderadas o leves de los trastornos anteriores, así como los trastornos correspondientes al espectro autista.

Entre los dos y los cuatro años se podrán identificar trastornos del lenguaje, trastornos motrices menores y de conducta que podrían haberse presenciado ya en etapas anteriores. A partir del quinto año, las exigencias de la escolarización ponen en evidencia, si no se han detectado antes, la deficiencia mental leve, las disfunciones motoras finas, las dificultades en el aprendizaje curricular, etc.

Niños de riesgo biológico

Un niño vive un riesgo biológico cuando sufre alguna situación que puede alterar su proceso madurativo durante las etapas prenatal, perinatal, postnatal o durante el desarrollo temprano (prematuros, con bajo peso, o sufrimiento por hipoxia). Dependiendo de la etapa en la que se encuentre, se podrán detectar algunas situaciones de riesgo.

Durante la etapa prenatal, por ejemplo, se pueden detectar la presencia de alteraciones que conducirán a un trastorno del desarrollo y/o a una discapacidad (cromosomopatía o espina bífida). En la etapa perinatal se presta atención a los niños que pueden sufrir alteraciones en su desarrollo por condiciones genéticas o de carácter biológico u orgánico (infecciones intrauterinas, hipoxia o hemorragias cerebrales).

La etapa post-natal es importante para detectar problemas de desarrollo: los primeros meses y los primeros años el niño puede presentar alteraciones de tipo emocional, relacional y también disfunciones interactivas precoces.

Los genes y el ambiente

En el proceso de desarrollo infantil, los factores genéticos interactúan con los ambientales, que pueden ser biológicos (estado de salud), o psico-sociales (interacción del niño con el entorno, vínculos afectivos, etc). Estos aspectos determinan también el desarrollo emocional del individuo, las conductas adaptativas, las funciones de comunicación y la actitud ante el aprendizaje. Cuando alguno de estos factores se ve alterado, el desarrollo eficaz puede peligrar.

Sistema nervioso y personalidad

La maduración del sistema nervioso, el desarrollo de funciones psíquicas y la estructuración de la personalidad forman parte del desarrollo infantil, un proceso complejo y dinámico. Los primeros años de vida son clave, porque es el momento en que se configuran las habilidades perceptivas, cognitivas, motoras, lingüísticas, afectivas y sociales que harán plausible la interacción equilibrada con el entorno.

Durante la primera infancia el sistema nervioso se encuentra en proceso de maduración –que comienza en la fase intrauterina– y el cerebro tiene una gran plasticidad. Esta plasticidad disminuye con los años y permite readaptar y reorganizar constantemente el sistema nervioso pero, a la vez, conlleva una mayor vulnerabilidad frente a las adversidades del entorno. Las alteraciones en la adquisición de objetivos propios de los primeros estadios evolutivos pueden suponer un problema para un correcto desarrollo posterior.

Ante un niño que sufre alguna alteración es importante cuando se detecta y cuando se empieza la atención. Cuanto antes le lleguen los estímulos adecuados, el aprovechamiento de la plasticidad cerebral será mayor y, por tanto, se reducirán las consecuencias negativas.