El deseo de saber

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Jordi Solé Blanch, profesor de Educación Social y miembro del Laboratorio de Educación Social

Para que aparezca un deseo de saber hay que asumir la falta de saber. Todas las pedagogías que ponen el saber del niño en el centro de la acción educativa, obvian cualquier reflexión en torno a esa falta. La falta de saber nos remite al acto de transmisión, la principal función educativa que cabe esperar en cualquier maestro. Sin embargo, casi nadie habla hoy del acto de transmisión. El maestro –nos dicen– debe convertirse en el guía o acompañante de los procesos de aprendizaje del niño y, para ello, debe abstenerse de cualquier pretensión por transmitir conocimientos.

Es así cómo el saber se ha visto substituido en las aulas por el aprendizaje de una serie de habilidades y competencias que deben favorecer el desarrollo funcional de los sujetos. Por ello, se insiste en la idea de que la educación no debe ocuparse de la transmisión del saber. Con afirmaciones de este tipo, se está negando la posibilidad de habilitar una oferta que despierte el deseo de saber. ¿Nos extraña, entonces, ver a tantos niños y niñas, adolescentes y jóvenes, instalados en la abulia permanente en nuestras aulas?

Preocupados por esta desidia generalizada en torno el desinterés que invade nuestras aulas (y véase en el aula la metáfora de cualquier contexto educativo), respondemos con el discurso de la educación emocional. El niño tiene derecho a ser feliz, decimos, pero se acude a la escuela porque el niño tiene, sobre todo, el derecho de saber. Los maestros no pueden hacerse cargo de la felicidad de los niños, pero sí de despertar su deseo por aprender.

No creemos estar tergiversando el sentido de este paradigma emocional que está colonizando el discurso pedagógico de hoy en día. Es muy diferente habilitar espacios educativos que solo se preocupan por las emociones de los niños, que generar las condiciones para despertar el deseo de saber. Sin duda, no tenemos por qué hallarnos ante paradigmas excluyentes. Defender una escuela que recupere los contenidos culturales no significa que nos opongamos a la educación emocional. Sin embargo, nos encontramos ante dos posiciones éticas diferentes, que pueden llegar a ser antagónicas si las analizamos de acuerdo a los mandatos de nuestra época.

Obligados a pensarnos a nosotros mismos como emprendedores que debemos maximizar nuestras vidas, las emociones se han convertido, hoy, en fuerza productiva. Sentir más forma parte de un imperativo de época, y se encuentra en el mismo plano de exigencia que el resto de consignas del amo capitalista. ¡Disfruta más!, ¡Rinde más!… son algunos de los lemas que alimentan la máquina de guerra actual a la que se quiere someter nuestra subjetividad.

Antes de que se nos acuse de hacer una crítica ideológica, conviene recordar que la misma LOMCE (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa) –ese compendio de neutralidad legislativa– aboga por la necesidad de adquirir competencias sociales y emocionales con el fin de formar una ciudadanía activa, efectiva y responsable. «Una sociedad más abierta, global y participativa –dice en el Preámbulo IV–, demanda nuevos perfiles de ciudadanos y trabajadores», un hecho que «requiere propuestas capaces de asumir que la verdadera fortaleza» se halla en el desarrollo de competencias emocionales y sociales, que incluyen la comprensión y expresión emocional, el manejo de la experiencia emocional interna y de la conducta expresiva, la capacidad de establecer relaciones interpersonales y sociales y, sobre todo, la facultad de «adaptarse a las demandas complejas de un entorno socio laboral en transformación permanente». Ese es el nuevo sentido común al que acaba sirviendo la educación emocional. Nada de ello alberga ninguna promesa. Por eso cuesta tanto de creer.