Adicciones, tecno-adicciones y educación social

Sonia Fuertes Ledesma, profesora colaboradora del Grado en Educación Social.

En el contexto actual, podemos decir que nuestra sociedad se caracteriza por el exceso y la voracidad. La dificultad para aceptar límites y el consumo de todo tipo de objetos son rasgos característicos del momento que vivimos. Un capitalismo de ficción que se acompaña, a la vez, de una inconsistencia en cuanto al vínculo, la llamada sociedad líquida de Zygmunt Bauman.

En este escenario el término adicción comienza a aplicarse a relaciones de dependencia no sólo asociadas al consumo de sustancias, sino también a prácticas: las llamadas adicciones no tóxicas, adicciones de comportamiento o incluso adicciones sociales. La utilización masiva del término apunta a una cierta característica de patologización de cualquier tipo de relación, que se convierte rápidamente en enfermedad, en una definición que a menudo es más ideológica que científica. La comida, el sexo, las compras… los límites para delimitar uso, abuso y dependencia son difusos.

Por ello, hoy las tecnologías y el uso de dispositivos móviles están bajo sospecha, si bien en este caso es sobre todo el público adolescente que parece más desprotegido ante esta realidad. Las tecno-adicciones aparecen de manera progresiva y son un campo donde la educación social puede jugar un papel determinante. Desde la educación social se puede hacer un acompañamiento respetuoso que permita adquirir herramientas, que escuche y que dé espacio a la palabra, lejos de emitir juicios.

Uso problemático versus recreativo

En primer lugar, la educación social se ha de situar desde un plano conceptual y de reflexión teórica. Es importante aprender de la experiencia de otros ámbitos para distinguir cuando nos encontramos ante un uso problemático o un uso recreativo y funcional. Recordemos las primeras respuestas ante el consumo de drogas: monolíticas, rígidas, básicamente punitivas. Y recordamos también su fracaso. Hoy sabemos que la flexibilidad, la regulación y la prevención son más eficaces que la represión.

El primer reto es abrirnos a otra mirada, donde tanto el adolescente como las tecnologías no aparezcan como culpables. La cuestión es, una vez más, ver en qué momentos, con qué frecuencia y con qué fin se produce la conexión a internet. Si es para relacionarse puntualmente, para compartir o para aprender. O si, por otra parte, es para encerrarse en la habitación, no salir y jugar sin límite.

Y también aquí es donde tenemos que reivindicar la responsabilidad del joven adolescente: creer en su posibilidad de elección, en sus capacidades y en su proceso de aprendizaje.

Las drogas, compañeras históricas

Las drogas nos han acompañado a lo largo de la historia. Han sido utilizadas en rituales, como medicina, para aumentar la conciencia en entornos artísticos, para aliviar el dolor… Su consumo ha sido ocasional, recreativo, de abuso, de dependencia, etc. Maneras de vivir que hacen hincapié en la importancia de la subjetividad en esta interacción. No es la sustancia la que hace el adicto: cada persona establece una relación particular con el consumo, un vínculo que es dinámico y está sujeto a cambios.

Ahora bien, ninguna de estas modalidades es ajena al contexto social y cultural, que incide en el lugar que otorgamos al consumo de drogas. A lo largo de la historia podemos encontrar ejemplos de cómo ha ido tomando formas diferentes, más o menos aceptadas socialmente en función del contexto. Por ejemplo, el uso del láudano por parte de algunos artistas surrealistas, la experimentación con LSD y marihuana en los años 60 en el seno del movimiento hippy o la utilización de las anfetaminas en las dietas para adelgazar los años 80, de manera previa a su prohibición o regulación. La consideración legal, social y cultural ha variado en función de la época. Es importante, por tanto, tener presente este contexto para ofrecer una mirada social, no meramente orientada a la biología.