Resistir al discurso de la innovación educativa

Jordi Solé Blanch, profesor del Grado en Educación Social de la UOC.

A nadie se le escapa que las transformaciones profundas que está sufriendo hoy en día el sistema educativo vienen de muy lejos. De hecho, la escuela se encuentra en el centro de una larga historia de la dominación que ha buscado siempre someterla al “espíritu del capitalismo”. Estados Unidos, en la vanguardia de esas transformaciones, ha ido marcando las tendencias de fondo de una civilización utilitarista que no ha hecho más que exacerbarse con las orientaciones neoliberales actuales.

Es conocida la vieja denuncia de Hannah Arendt cuando, a finales de la década de 1950, advertía que la crisis de la educación es una crisis de legitimidad de la cultura. Esto lo escribió 10 años antes del mayo del 68, ese momento histórico en el que reaccionarios de derecha e izquierda atribuyen el origen de todos los males de la escuela. Sin embargo, es evidente que esa crisis de legitimidad de la cultura y, por tanto, de la escuela como el lugar donde se transmite y recrea el patrimonio cultural con el que debemos acoger a las nuevas generaciones –siguiendo a la autora alemana–, no puede comprenderse sin remitirnos a la lógica utilitarista de nuestra sociedad. De hecho, esa lógica tiene unos cuantos siglos. Ya en el siglo XVII, cuando Francis Bacon proclamó aquello de que “el saber es un poder”, el sistema educativo ha estado sometido a la crítica utilitarista. Tanto la escuela como la universidad han sido atacadas por las formas y los contenidos pedagógicos que transmitían. El rechazo de la cultura clásica del humanismo es, pues, muy antiguo, y siempre se hace en nombre del “alejamiento de la práctica y la vida cotidiana”, o de los excesos en la “abstracción de los contenidos”, etc. Hannah Arendt denunciaba esa lógica, una lógica que apunta a los fundamentos de ese tipo de sociedad, y lamentaba el juego que la renovación pedagógica impulsada en Estados Unidos por John Dewey hacía a ese programa educativo. En cierto sentido, las propuestas pedagógicas de la escuela nueva ofrecieron los argumentos educativos para “adaptar la escuela a la vida” en el seno de una civilización orientada a la productividad y la competitividad.

En estos momentos, todo apunta que el discurso renovado en torno a la innovación educativa -cada vez más excitado-, siente una profunda alergia a reflexionar sobre el papel que está teniendo en fomentar el “nuevo espíritu del capitalismo”. Entretenido en las novedades didácticas y tecnológicas, así como en sacar mayor rentabilidad de los aprendizajes de los alumnos –pues estos aprendizajes deben ser, sobre todo, útiles–, nada se pregunta sobre sus finalidades. Y todo eso, ¿para qué? No es extraño, entonces, que haya cada vez más educadores para quienes ese discurso de la innovación ha perdido toda legitimidad, aunque la propaganda se encargue de mostrar lo contrario. Los espacios de resistencia crecen. “Donde hay poder, hay resistencia” –decía Foucault– y hace tiempo que nos hicimos mayores de edad.

Antes de abrazar con tanto entusiasmo todas esas novedades, haríamos bien en parar, y pensar. Solo pensar. Eso sí que sería novedoso. Hacer esperar a la “máquina deseante del capitalismo”, hasta oxidarla.