Vincenzo Pavone: “La ciencia merece ser valorada, no simplemente medida”

Vincenzo Pavone, científico titular del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del Departamento de Ciencia e Innovación (CSIC). Autor junto con Joanna Goven de “Bioeconomies: life, technology and capital in the 21st century”, Palgrave. Dirigió el seminario “Medida y poder en la academia de la excelencia”, invitado por el grupo de investigación CareNet de la UOC.

– Usted afirma que las prácticas de evaluación de la ciencia indican qué tipo de orden social y científico estamos construyendo. ¿A qué conclusiones ha llegado?

Primero habría que aceptar o reconocer que ciencia y orden social son el resultado de un proceso de ‘co-construcción’. Esto –que para la gran mayoría de los académicos en los estudios de ciencia, tecnología y sociedad es un elemento clave de su mirada epistémica– no goza de gran aceptación entre la mayoría de los científicos de ciencias naturales ni sociales, que siguen defendiendo una idea de la ciencia como una práctica social independiente del contexto socio-cultural en el que se desarrolla.

Que la ciencia sea una práctica social situada, fuertemente condicionada por el entorno cultural y político en el que se desarrolla –al que a su vez condiciona– no resta validez ni a sus métodos ni tampoco a sus resultados. Pero trae a la luz la naturaleza parcial, políticamente radicada y epistémicamente incrustada de sus trayectorias. Por ejemplo, no sorprende que la epidemiología haya conseguido impresionantes resultados en los años 1960 y 1970, cuando era dominante una visión de la sociedad y de la política más colectivista. De la misma manera, tampoco lo es que se hayan producido enormes avances de la genética humana en los años 1990 y 2000, en que el individualismo de matriz neoclásica (en cuanto a ideología económica dominante) se afirmó como paradigma social más asentado. Mi trabajo ha tratado, y sigue tratando, de arrojar luz a la relación mutuamente constitutiva entre ciencia y orden social, y cómo está afectando tanto al desarrollo científico y tecnológico, como al económico y social.

Todos mis trabajos –tanto sobre transgénicos como sobre reproducción asistida– apuntan a que nos dirigimos hacia una sociedad que pierde su capacidad de distinguir entre ciencia e innovación, considerando esta última como el único fin legítimo del trabajo de investigación. La innovación, a la vez, se va construyendo como una actividad necesariamente asociada al desarrollo de nuevos productos, o de nuevos conocimientos, o de ambos, exclusivamente como nuevos bienes de mercado, comerciales.

– ¿Cuáles son las consecuencias de este sesgo?

Apunto básicamente tres:

Primera, está modificando la forma de financiar la ciencia, forzando universidades, centros de investigación y empresas a competir entre ellos, a veces incluso mientras desarrollan las mismas investigaciones, provocando retrasos en el proceso de circulación de los resultados.

Segunda, provoca un sesgo de investigación que lleva a descartar investigaciones que no conduzcan a desarrollar productos susceptibles de comercialización en el mercado, o a través de compra pública por el Estado o por otras entidades públicas infra y supranacionales. Pero es muy posible que estemos descartando líneas de investigación muy prometedoras para abordar con éxito enfermedades o problemas de desarrollo agrícola, para generar o ahorrar energía, o reducir  la contaminación solo porque no generan productos comercializables. Los casos de las enfermedades raras o de los antibióticos son emblemáticos. No toda la ciencia es innovación, ni toda la innovación acaba en productos o patentes, ni toda la innovación procede de la ciencia.

Tercera, nos movemos cada vez más en un entorno donde el Estado usa su capacidad para movilizar recursos (generados a través de políticas fiscales progresivas) hacia la oferta, es decir, hacia las empresas, en lugar de alimentar la demanda, como se hacia tradicionalmente en políticas keynesianas. La lógica detrás de este cambio en el papel del Estado argumenta que apoyar las empresas para que puedan enfrentarse a los fallos del mercado les permite generar nuevos productos, que alimentan el crecimiento económico y generan puestos de trabajo e incrementan el bienestar.

– ¿Cuáles son los inconvenientes del apoyo del Estado a la empresa, en detrimento de la ciencia?

Los inconvenientes son, en primer lugar, que las empresas de innovación no generan muchos puestos de trabajos, sobre todo en comparación con los recursos que manejan.

Segundo, muchas veces el riesgo y el coste del fracaso de las actividades de innovación, que es elevado, son asumidos por la colectividad, mientras el beneficio se queda exclusivamente en las empresas.

Tercero, estas políticas son regresivas porque concentran recursos económicos, conseguidos de forma progresiva a través del fisco, en las zonas altas o muy altas de la sociedad, efectivamente actuando como medios de concentración de riqueza.

Y por último, tampoco generan muchos resultados o productos novedosos, sobre todo en el área de la biomedicina o de la medicina regenerativa, como demuestra la prolongada caída de nuevos tratamientos o medicamentos aprobados en los últimos 20 años. Podría mencionar muchos más efectos controvertidos del actual sistema de ‘co-producción’ de ciencia y orden social, pero lo que acabo de mencionar apunta claramente qué tipo de ciencia y sociedad estamos construyendo.

– ¿Es viable pensar qué ciencia queremos antes de medirla?

Para ello es necesario reconocer que habrá ciencias distintas según las decisiones que tomemos. De hecho, muchos políticos y científicos se unen por una lucha que simplemente apunta a incrementar el gasto disponible en I+D+i sin entrar en los detalles de cómo invertir este dinero, para quien y para qué, con quien y dónde. Todas estas preguntas reclaman respuestas y muchas veces son desatendidas.

Es emblemático el caso de las políticas de bio economía de la Unión Europea, que hablan constantemente de la asociación virtuosa de salud y riqueza, ‘health and wealth’, pero nunca nos aclaran la salud y la riqueza de quien, como si la innovación en medicina beneficiara a toda la población de manera igual. Reconocer que hay intereses distintos entre los académicos, así como entre los políticos, las empresas y los distintos grupos sociales, sería un primer paso importante. Un segundo paso sería concordar qué papel deben jugar el Estado y la Unión Europea, hacia donde deberían dirigir sus esfuerzos, como deberían repartir riesgos y beneficios de la innovación, y quienes tendrían, en todo momento, poder de control sobre su actuación.

Y un tercer paso, muy importante, sería reconocer que la ciencia para funcionar en su papel de generadora de conocimiento necesita unas condiciones básicas de libertad, seguridad laboral, acceso a recursos y conexión social que ahora mismo no solo no se dan, sino que se van reduciendo. Se necesita un gran pacto para la ciencia, en que todos los actores reconozcan sus propios límites y las aportaciones de los demás. Y ese pacto debe constituir una oportunidad también para los científicos para reflexionar sobre su rol y sus compromisos con la sociedad, porque nosotros también somos parte de este orden social, y por lo tanto tenemos nuestra parte de responsabilidad.

Podríamos empezar con un intento de imaginar qué ciencia y qué política se podría generar desde el hambre, desde la pobreza, desde la enfermedad, desde el cuidado. Es un poco absurdo que se intente vender los transgénicos como una solución al hambre en el mundo desde la perspectiva de quienes ni saben exactamente que es el hambre. ¿Que clase de ciencia agrícola se podría generar a partir del hambre?

– ¿Qué relación tiene la medición de la ciencia con la extensión del régimen de patentes?

No es directa, sino mediada por el entorno y por la relación entre ciencia, innovación y economía. Ambos instrumentos son anteriores a la llegada y consolidación del neoliberalismo, pero se han adaptado al nuevo entorno, de modo que hoy es difícil entender la extensión del régimen de patentes y la medición de la ciencia sin hacer referencia a las políticas científicas de corte neoliberal.

Ambos instrumentos participan de la misma idea de ciencia como negocio, como innovación sujeta al objetivo supremo del crecimiento económico. A través del uso corriente de las patentes y de los indicadores bibliometricos estamos reforzando la idea de ciencia como desafío individual, en un entorno híper-competitivo, dejando otros potenciales colaboradores en una situación precaria, sin recursos y bajo una presión a veces inaguantable. Y, tanto en el caso de las patentes (directamente), como en el caso de los indicadores científicos (indirectamente, a través de la política de pago de las revistas), se están fortaleciendo practicas de restricción de acceso al conocimiento y a sus resultados directos, además del acceso a recursos naturales.

Además, mientras el uso actual de los indicadores bibliometricos fomenta una visión de la ciencia como desafío individual, la extensión del régimen de patentes induce a valorar la ciencia solo en función de sus resultados comercializables. Representar la ciencia como desafío individual y en función de sus productos finales tiene consecuencias nefastas. La ciencia es una actividad eminentemente colectiva y cooperativa y su proceso de generación de conocimiento es mucho más importante que comercializar sus productos. Si esto desaparece de la percepción común, la ciencia está condenada.

Cualquier forma de valorar la ciencia tiene que ampliar el foco y valorar todos los actores relevantes –no solo a los científicos– y todo el proceso de generación de conocimiento y no solo sus resultados, artículos y patentes. Es fundamental que seamos conscientes como sociedad de que la trayectoria (neoliberal) que rige la ciencia es muy, muy peligrosa para la supervivencia de la ciencia tal y como solíamos entenderla.

– ¿Qué conclusiones extrae sobre si al medir estamos evaluando la excelencia, el impacto social, el liderazgo o la productividad?

Existen indicadores para cada uno de estos conceptos. Otra cosa es que usando estos indicadores tengamos una buena medida de ellos, y otra pregunta es si, en efecto, necesitamos medir estos conceptos. Primero habría que preguntarse para qué necesitamos medir la excelencia o el impacto social y, luego, qué es lo que entendemos por excelencia científica o impacto social. Rara vez he asistido a ese debate en ese orden. A menudo se empieza preguntando de qué datos disponemos y, a partir de ahí, se construyen medidas a conceptos que acaban definiéndose por los datos disponibles. Eso ha ocurrido mucho en el caso de la innovación, que durante mucho tiempo se siguió construyendo y midiendo a partir de los datos de patentes, a pesar de que la gran mayoría de las patentes no se utilizan para nada y de que muchísima innovación no se patenta y ni siquiera se produce en entornos científicos.

Los indicadores de excelencia o de impacto social siguen siendo definidos por la publicación de artículos en la revistas indexadas y por indicadores como ‘altmetrics’, que miden la circulación del conocimiento en las redes sociales (como si estas fueran la sociedad). Estos indicadores producen conocimiento valido y valioso, pero insisto que sería mucho mejor empezar por las preguntas conceptuales y no por los datos disponibles, para ser conscientes de los límites de nuestras medidas. La metodología de medición también necesita escrutinio y revisión constante. Quizás llegue el momento en el que medir puede ser menos beneficioso que otras prácticas en ciencia.

– ¿Cómo deben replantearse las prácticas de evaluación científica?

Es la pregunta del millón de dólares. Dado que todas las mediciones son un ejercicio de poder, implican responsabilidad. La bibliometría no es una práctica objetiva que mide de forma neutral lo bueno y lo malo en la academia. Sus indicadores tienen valor, no son aleatorios y producen información relevante, pero parcial y en un contexto. La medición en la academia pone el acento y escoge prioridades dentro de un conjunto de opciones posibles. Es una actividad política, en el sentido de ‘policy’, pero también en el sentido más tradicional de la palabra. Hay consecuencias que afectan lo que la ciencia es y el orden social en el que la ciencia se desarrolla. La ciencia merece ser valorada, no simplemente medida.