Maite Garaigordobil: “El bullying y el ciberbullying son un problema de salud pública”

Maite Garaigordobil impartió el seminario ‘Bullying y cyberbullying: análisis y directrices para su prevención e intervención’ en Barcelona en febrero 2018, vinculado al Máster Psicología Infantil y Juvenil: Técnicas y Estrategias de Intervención de la UOC.

Es catedrática de Evaluación y Diagnóstico Psicológicos y responsable del Máster Oficial en Psicología General Sanitaria de la Universidad del País Vasco.

– ¿Por qué en todos los centros educativos hay personas que sufren por el acoso presencial y/o tecnológico al que les someten sus iguales? ¿Qué causa el bullying y el ciberbullying?

El bullying no es algo nuevo ni es un fenómeno reciente, ha estado presente en la escuela desde siempre. Lo que sucede es que ahora le estamos prestando la atención que merece, por las graves consecuencias que tiene en la vida y la salud de las personas. Para responder a la pregunta de las causas del bullying/cyberbullying, habría que contextualizarlo en un marco más amplio: el de la violencia humana. Los seres humanos frecuentemente han realizado acciones perjudiciales, acciones violentas contra otros que han generado dolor y sufrimiento intenso y duradero. Sus efectos se evidencian a lo largo de la historia y en todas partes del mundo. Cada año, más de 1,6 millones de personas pierden la vida y muchas más sufren lesiones no mortales como resultado de la violencia autoinfligida, interpersonal o colectiva (OMS, 2012). La violencia  se expresa en muchos ámbitos: familiar, religiosa, racista, sexista, escolar… Así que analizaremos la etiología del bullying a la luz de la etiología de la violencia humana.

La conducta violenta está determinada por muchos factores, entre otros, culturales, familiares, escolares y personales.

Factores culturales. Las normas y valores que se refuerzan en cada cultura influyen en las conductas de sus miembros. Hay culturas que reprueban la agresión mientras que otras la recompensan. También, cada contexto cultural estimula actividades de ocio que modelan la conducta de los seres humanos. Hay muchas evidencias de estudios que confirman que los niños y adolescentes que ven mucha violencia en la televisión, internet, videojuegos… se comportan de forma más agresiva y tienen menos empatía con las víctimas de agresiones. Cuando las personas observan con frecuencia conductas violentas tanto de forma directa como a través de las pantallas, se tiende a considerar que el uso de la violencia es algo normal, crea insensibilidad ante el dolor ajeno y la violencia se visualiza como algo normal para resolver conflictos, constatando que en muchas ocasiones los violentos son los ganadores-dominadores.

Factores familiares. La investigación ha evidenciado que los niños y adolescentes agresivos con mayor probabilidad viven en familias desestructuradas (con abuso de sustancias, conflictos de pareja, problemas de delincuencia, que no aportan cuidado y afecto, donde hay abandono, maltrato y abuso hacia los hijos, con modelos muy autoritarios, agresivos-punitivos) y familias muy permisivas (con disciplina inconsistente, donde no hay normas estables y por lo tanto no hay diferenciación entre conductas adecuadas e inadecuadas). Los niños y adolescentes que tienen un vínculo de apego seguro y buenas relaciones en la familia no suelen ser violentos.

Factores escolares. Diversos estudios han puesto de relieve que algunos factores escolares aumentan la probabilidad de que la conducta violenta aparezca. Por ejemplo, que en el centro escolar los profesores y compañeros sean modelos y agentes de refuerzo de la conducta violenta, no se trasmitan valores socio-morales positivos, no sancionen las conductas violentas y en las prácticas educativas se transmitan estereotipos sexistas/racistas.

 Características de personalidad. Algunas características de la personalidad (falta de empatía, impulsividad, dificultades de control de la ira, baja tolerancia a la frustración…) también pueden promover con mayor probabilidad un nivel alto de conducta violenta, antisocial. Los estudios confirman que a mayor desarrollo cognitivo-moral y de la empatía, mayor probabilidad de aparición de la conducta prosocial.

Por consiguiente, la conducta social es compleja e influida por numerosos factores que en ocasiones interactúan entre sí. Por ello, en cada caso debemos analizar los factores que están influyendo para que un niño, adolescente o joven se comporte de forma abusadora y violenta con otros compañeros. Y, en función de los resultados de este análisis, se pondrán en marcha las estrategias de intervención.

– ¿Qué rol asume la víctima ante estos casos?

Habitualmente, el de la indefensión. Las víctimas se sienten indefensas, culpables, disminuye su autoestima, temen contar lo que les está sucediendo… Es una conducta muy similar a las de cualquier tipo de violencia (de género etc), caracterizada por miedo, huida y evitación (falta a clase, evita hablar del colegio, oculta el problema, no informa a los adultos de lo que le está sucediendo); depresivas (tristeza, apatía, indiferencia, pesimismo, lloran con facilidad y ansiosas  (nerviosismo, angustia, insomnio, pesadillas).

– ¿Qué tipo de consecuencias suponen el bullying y el ciberbullying?

La violencia entre iguales tiene consecuencias perniciosas para todos los implicados, pero con distintos síntomas y niveles de sufrimiento. Aunque los efectos más acusados se muestran en la víctima, los agresores y los observadores también son receptores de aprendizajes y hábitos negativos que influyen en su comportamiento actual y futuro. Todos los implicados en situaciones de maltrato, en cualquiera de los roles, están en mayor situación de riesgo de sufrir desajustes psicosociales y trastornos psicopatológicos en la adolescencia y en la vida adulta que los chicos y chicas no-implicados.

No hay duda de que la consecuencia más extrema del bullying es el suicidio o la muerte de la víctima y precisamente fue esto lo que impulsó la primera investigación, realizada en Noruega por Olweus (1973). El suicidio y otros hechos dramáticos han servido para impulsar la investigación y la intervención institucional en muchas comunidades. Las consecuencias, aunque no sean tan extremas en todas las víctimas, sí afectan a la salud, a la calidad de vida, al bienestar y al correcto desarrollo de la persona.

Los estudios confirman que las víctimas tienen sentimientos de inseguridad, soledad, tristeza, infelicidad, indefensión, ansiedad, nerviosismo, irritabilidad, depresión, ideación suicida, estrés, miedo, baja autoestima, falta de confianza en sí mismos, baja estabilidad emocional, sentimientos de ira y frustración, somatizaciones, trastornos del sueño, fobias, dificultades de concentración, de rendimiento académico, bajo ajuste social… y algunos, no pudiendo soportar el sufrimiento, consuman el suicidio. Mientras que los agresores tienen mayor probabilidad de desconexión moral, falta de empatía, baja estabilidad emocional, dificultades de acatamiento de las normas, conductas delictivas, problemas por su comportamiento agresivo, dependencia de las tecnologías, absentismo escolar, ingesta de alcohol y drogas…. Y en algunos casos, muchos de estos efectos del acoso tanto en la víctima como en el agresor perduran a medio plazo y a lo largo de la vida.

– Las cifras ayudan a poner en contexto esta realidad, ¿de qué datos disponemos?

Las cifras de prevalencia son relevantes en todos los países del mundo y en todas las clases sociales. La reciente revisión que hemos realizado de 309 estudios de prevalencia desde el pionero estudio de Olweus (1973) muestra que muchos estudiantes sufren bullying en todas sus modalidades. De la prevalencia del bullying o acoso cara-a-cara, los estudios en general ponen de relieve un porcentaje medio de victimización grave entre el 2% y el 16%. En cyberbullying, entre un 1% y un 10% han sido cibervíctimas muy frecuentemente. Sin embargo, el porcentaje de estudiantes que ha sufrido alguna conducta de ciberbullying supera en algunos estudios el 60%.

Las cifras son dignas de consideración y, pese a las acciones de prevención que en muchos países se llevan a cabo en los últimos años, estos porcentajes no se reducen y nuevas formas de bullying emergen y aumentan significativamente. Además, las denuncias también han aumentado en los últimos años, en parte porque el problema se ha visibilizado más socialmente y las víctimas y sus familias están saliendo de la indefensión y soledad en la que están sumidas.

– Desde su línea de investigación ¿qué estrategias apunta para identificar y evaluar el acoso en todas sus modalidades?

Tres son las vías que podemos utilizar para detectar a víctimas y agresores: (1) la observación de las conductas en la escuela y la familia; (2) la información sociométrica, es decir, de los compañeros y (3) los autoinformes  y los informes de otros (padres, profesores…).

Observación conductual. Las víctimas suelen tener algunas conductas en la familia y la escuela que pueden sugerir acoso y permitan intervenir antes de que el suicido se produzca.  Algunas de estas conductas son: síntomas depresivos (tristeza, apatía, indiferencia, poco comunicativo, pesimista, llora con facilidad); conductas  ansiosas (nervioso, angustiado, insomnio, pesadillas); cambios de humor (muestra un humor inestable, alterna momentos de tristeza, apatía o indiferencia con irritabilidad/agresividad, alterna relajación y tensión; dificultades en las relaciones sociales con iguales (no quiere salir de casa, no tiene amigos, no le invitan a fiestas, está aislado socialmente), descenso del rendimiento académico, síntomas psicosomáticos (con frecuencia dolores de cabeza, de estómago, vómitos, malestar generalizado, mareos o diarreas frecuentes…), falta de apetito, consumo de alcohol o drogas, búsqueda de información sobre formas de suicidio, por ejemplo, en Internet…

Información sociométrica. Para identificar a las víctimas y a los agresores, además de observar la conducta, podemos solicitar información a los compañeros, a los iguales, ya que siempre saben lo que está sucediendo. La técnica sociométrica ha demostrado ser un instrumento muy útil para identificar la existencia de víctimas y agresores de bullying/cyberbullying dentro del grupo. Para obtener la información se puede aplicar un cuestionario anónimo al inicio del curso y pedir que se indiquen los nombres de las personas del grupo que son víctimas: que suelen sufrir agresiones físicas, insultos, humillaciones, no se les deja participar, les acosan a través de las redes sociales, internet, el móvil. Y también podemos pedir que se indiquen los nombres de los agresores. Este instrumento aplicado al inicio del curso escolar nos puede aportar en muy poco tiempo una nítida radiografía de las relaciones intragrupo, de las redes, de las personas que sufren agresiones y de aquellas que las perpetran.

Autoinformes. Complementariamente se puede utilizar por ejemplo el Test Cyberbullying, un ‘screening’ del acoso entre iguales en el que los estudiantes informan de las conductas de acoso sufridas, realizadas y vistas. En los últimos años se han desarrollado diversos autoinformes de este tipo, aunque no todos tienen garantías psicométricas de fiabilidad y validez.

– Y ¿qué se puede hacer para prevenir estas conductas violentas?

Teniendo en cuenta que la violencia aparece debido a múltiples factores (socio-culturales, familiares, escolares, personales), la intervención debería realizarse en múltiples direcciones: desde la sociedad, la escuela, la familia y también a nivel terapéutico individual.

La sociedad debería, primero, controlar e inhibir el nivel de violencia que se expresa en la TV, internet, los video-juegos… que refuerzan las conductas agresivas y antisociales, racistas, sexistas, etc. porque sabemos que ver violencia aumenta la probabilidad de comportarse violentamente y, segundo, fomentar conductas no-violentas en los adultos adoptando mediante diversos mecanismos, actitudes combativas intelectual y moralmente contra la violencia (colectiva, de género, entre iguales, racista, etc.

Las intervenciones en ámbitos educativos mediante la aplicación de programas se han demostrado eficaces. En general los programas que fomentan el desarrollo socio-emocional que promueven la comunicación (hábitos de escucha activa…), cooperación, conducta prosocial, tolerancia, empatía, respeto por las diferencias y los derechos humanos, técnicas para la resolución de conflictos pacíficas, destrezas para gestionar emociones negativas, autoestima y estima de los demás, valores ético-morales (diálogo, igualdad, solidaridad, justicia, tolerancia) inhiben las conductas violentas. Y también existen programas específicos que confrontan a los estudiantes directamente con el bullying/cyberbullying, que han sido validados y han demostrado ser eficaces en la prevención y reducción de estas conductas violentas entre iguales.

La educación familiar desempeña un papel primordial, ya que los padres que son modelos de empatía y conducta social positiva y que refuerzan estas conductas en sus hijos e hijas, tienen con mayor probabilidad hijos menos violentos. La formación parental a través de escuelas de padres donde se aporta información sobre pautas de crianza positivas también se ha evidenciado eficaz.

Y cuando la violencia ya se ha producido, también es relevante la intervención individual terapéutica con el agresor y con la víctima. Con las víctimas, para fomentar sus habilidades sociales e incrementar su autoestima y con los agresores, desarrollando su capacidad de empatía, la tolerancia a la frustración, el control de la ira y la impulsividad.

– ¿Considera que se pueden eliminar del ámbito escolar?

Sí, es mucho lo que se puede hacer desde el entorno escolar, ya que es un contexto privilegiado de socialización. No obstante, la colaboración entre escuela y familia será determinante en la prevención y erradicación del acoso en todas sus modalidades.

Una propuesta de intervención en el bullying/cyberbullying debe incluir: (1) Prevención o intervención primaria (actuaciones genéricas dirigidas a mejorar la convivencia, prevenir la conflictividad y evitar la aparición del fenómeno); (2) Intervención secundaria (cuando se detectan situaciones de maltrato incipientes, para evitar su consolidación, a través de la aplicación de un programa específico con intervenciones individuales y con el grupo de alumnos…) e (3) Intervención terciaria (cuando se trata de situaciones consolidadas, dirigida a minimizar el impacto sobre los implicados aportando apoyo terapéutico y protección a las víctimas, así como apoyo y control a los agresores).

En todos los centros escolares debe haber un protocolo de actuación para los casos de acoso, así como un plan de prevención de la violencia y promoción de la convivencia. Todos los estudiantes deben participar en programas de intervención preventiva con el objeto de que la prevalencia del bullying en todas sus modalidades sea la menor posible. En líneas generales, los programas de intervención psicológica en contextos educativos, que tienen como finalidad prevenir y reducir el bullying/cyberbullying, deben promover una mejora del clima social del aula, potenciando el desarrollo de la conducta prosocial, las habilidades sociales, la comunicación, la resolución pacífica de los conflictos, la capacidad de empatía, el control de la ira y el respeto de las diferencia.

En los centros educativos se pueden llevar a cabo dos tipos de programas de intervención, los que desde la psicología positiva fomentan el desarrollo socio-emocional, la inteligencia emocional, la convivencia, etc. con la finalidad de prevenir la violencia en general. Y los programas antibullying, que se focalizan específicamente en la violencia del bullying/cyberbullying.

Por un lado, programas de intervención psicoeducativa que tienen como finalidad fomentar la convivencia, el desarrollo socioemocional y para prevenir la violencia en general. Estos programas se deberían aplicar de forma sistemática desde la educación infantil y a lo largo de toda la educación reglada. Una revisión de los programas basados en la evidencia, permite señalar que aquellos que son eficaces suelen estimular:

  • La capacidad de comunicación, la capacidad de escucha activa, la capacidad para dialogar, negociar, tomar decisiones por consenso.
  • La conducta prosocial: ayudar, cooperar, compartir, consolar…
  • La capacidad para resolver conflictos de forma pacífica, utilizando el diálogo, la negociación y la cooperación.
  • El desarrollo moral, de valores ético-morales (igualdad, solidaridad, diálogo, tolerancia, justicia, paz…).
  • La capacidad de empatía, para situarse en el punto de vista del otro, para hacerse cargo cognitiva y afectivamente de los estados emocionales de otros seres humanos.
  • La autoestima y la estima de los demás.
  • La capacidad para identificar emociones, para comprender causas y consecuencias de las emociones, así como formas de afrontamiento constructivo de las mismas.
  • La capacidad para gestionar las emociones negativas (tristeza, miedo, ira…), y para fomentar las emociones positivas.
  • El respeto por las diferencias, la inhibición de los prejuicios y la potenciación de la interculturalidad.

Complementariamente a estos programas se pueden plantear programas de intervención para confrontar directamente al grupo con las situaciones de acoso para fomentar que los estudiantes no lo hagan y/o se movilicen cuando ven que se está produciendo.

En los últimos años, la mayor sensibilización social y educativa hacia el fenómeno del bullying/cyberbullying, ha promovido en la última década un incremento de medidas preventivas y paliativas cuando esta situación se produce. Aunque algunos de estos programas de prevención e intervención han sido validados experimentalmente, un amplio conjunto de ellos requiere aún procesos de validación experimental que acrediten su eficacia para inhibir el bullying/cyberbullying.

Del conjunto de programas que confrontan con el fenómeno del bullying/cyberbullying, a modo de ejemplo mencionaré un programa que hemos desarrollado en la Facultad de Psicología de la Universidad del País Vasco (PV/EHU) denominado “Cyberprogram 2.0. Un programa de intervención para prevenir y reducir el cyberbullying (Garaigordobil y Martínez-Valderrey, 2014)” y que ha sido validado experimentalmente.

Es un programa de intervención para prevenir y reducir el bullying/cyberbullying, dirigido a adolescentes, para aplicar en el contexto escolar, aunque estas dinámicas también se pueden realizar en otros contextos (terapéuticos, tiempo libre…). El programa tiene como objetivos fomentar que los adolescentes: (1) Clarifiquen qué es bullying y cyberbullying y los roles implicados (víctimas, observadores, agresores); (2) Analicen las consecuencias negativas que tiene para todos los implicados, potenciando la empatía con la víctima, así como la capacidad crítica y de denuncia de estos comportamientos y (3) Aprendan estrategias de afrontamiento para prevenir el bullying/cyberbullying  desde la perspectiva de la víctima y los observadores.

– ¿Hasta qué punto se dan también en el entorno familiar? En ese caso, ¿requieren una actuación diferenciada?

Algunas pautas de crianza parental, algunas conductas de educación parental, son factores protectores que reducen la probabilidad de que sus hijos e hijas se conviertan en víctimas o agresores. Entre esas pautas de crianza caben destacar: (1) Estimular la autoestima del hijo, valorarle y elogiar sus logros; (2) Identificar y reconocer (reforzar) las conductas positivas, las buenas acciones que realiza de forma espontánea; (3) Mostar a los hijos amor incondicional (evitar culpar, criticar, enfatizar defectos… educar es alentar y disciplinar); (4) Promover la empatía y la conducta prosocial; (5) Poner límites sin ser autoritarios, siendo coherentes con la disciplina; (6) Dedicar tiempo a los hijos-as porque tiempo es afecto y además aumenta el conocimiento de los hijos; (7) Ser un buen modelo de conducta y (8) Hacer de la comunicación la prioridad en casa.

Además, para prevenir el cyberbullying, se puede sugerir que los padres se involucren más en el uso que los menores hacen de Internet, instalar los ordenadores en zonas comunes, establecer un horario al uso de Internet y del ordenador, así como a los contenidos a los que se accede, establecer un diálogo permanente, hablar con los hijos e hijas sobre el uso responsable de la cámara web, sobre las fotos o vídeos que envían o reciben, sobre los beneficios y los riesgos del uso de la tecnología; fomentando que interioricen la necesidad de ser cuidadosos con los datos que facilitan en Internet, publican en las redes sociales…

– ¿Tendría sentido que el juego cooperativo y el trabajo el equipo formen parte de las técnicas para actuar contra el bullying?

Sin ninguna duda, el juego cooperativo y el trabajo en equipo fomentan el desarrollo de valores que potencia la prosocialidad e inhibe la conducta violenta. Esta evidencia ha sido confirmada en una línea de intervención psicoeducativa, la de los Programas JUEGO (Garaigordobil, 2003-2007), dirigidos a niños y niñas de 4 a 12 años.

Los 4 Programas Juego contienen 500 actividades lúdicas cooperativas que estimulan la conducta prosocial (conductas de ayuda, confianza, cooperación…) y el desarrollo emocional (expresión emocional, empatía, identificación y gestión de las emociones…). En su conjunto estos juegos estimulan la comunicación, la cohesión y la confianza, subyaciendo a ellos la idea de aceptarse, cooperar y compartir, jugando e inventando juntos. Los juegos seleccionados para configurar estos programas tienen 5 características estructurales: (1) la participación de todos, porque en estos juegos nunca hay eliminados ni nadie pierde; (2) la comunicación y la interacción amistosa, porque todos los juegos estructuran procesos de comunicación intragrupo que implican escuchar, dialogar, tomar decisiones, negociar…; (3) la cooperación, ya que estos juegos estimulan una dinámica relacional que conduce a los jugadores a darse ayuda mutuamente para contribuir a un fin común; (4) la ficción y creación, porque en muchos juegos se juega a hacer el “como si” de la realidad, y a combinar estímulos para crear algo nuevo; y (5) la diversión, ya que con estos juegos los miembros del grupo se divierten interactuando de forma positiva, amistosa, constructiva con sus compañeros de grupo.

Estos programas de juego cooperativo tienen como objetivo fomentar la socialización potenciando: la interacción multidireccional, amistosa, positiva, constructiva con los compañeros del grupo; las habilidades de comunicación verbal y no verbal (exponer, escuchar activamente, dialogar, negociar, tomar decisiones por consenso…); las conductas sociales positivas para la socialización (consideración hacia los demás, autocontrol, sensibilidad social, liderazgo prosocial…); la conducta prosocial (dar, ayudar, cooperar, compartir, consolar…);  valores socio-morales como el diálogo, la tolerancia, la igualdad, la solidaridad…, y la disminución de las conductas sociales negativas y perturbadoras para la socialización (de agresividad, retraimiento, timidez, antisociales…).

Además, con estas experiencias se pretende favorecer el desarrollo emocional promoviendo: la capacidad para identificar emociones variadas; la expresión de emociones a través de la dramatización, las actividades con música-movimiento, el dibujo y la pintura; la comprensión de las causas que generan emociones positivas y negativas; el afrontamiento o resolución de emociones negativas; el desarrollo de la empatía ante los estados emocionales de otros seres humanos; la mejora del autoconcepto-autoestima; y sentimientos de placer y de bienestar psicológico subjetivo…

Los programas están configurados con juegos inscritos en dos grandes categorías: (1) Juegos de comunicación y conducta prosocial que contienen juegos de comunicación-cohesión grupal, juegos de ayuda-confianza y juegos de cooperación; y (2) Juegos cooperativos-creativos que contienen juegos que se desarrollan en interacción cooperativa combinados con creatividad verbal, dramática, plástico-constructiva y gráfico-figurativa.

Los estudios confirman los efectos positivos de este tipo de experiencias cooperativas en diversos factores del desarrollo social y afectivo-emocional en la infancia y la adolescencia. Se ratifica el papel positivo que desempeña la actividad cooperativa en el desarrollo infanto-juvenil y en las relaciones intragrupo dentro del contexto escolar. Los estudios han evidenciado que los programas estimulan aumentos significativos de conductas sociales positivas (asertivas, prosociales, de ayuda, cooperación…), disminución de conductas sociales negativas (retraimiento, ansiedad social, agresivas, antisociales…), mejoras del autoconcepto y del concepto de los demás, aumento de la empatía, de la capacidad para identificar y analizar emociones.

– ¿Qué nos dice de la naturaleza humana el hostigamiento y el acoso a un compañero? ¿O más bien nos habla de valores sociales?

Sobre todo nos habla de valores sociales. Los seres humanos tenemos potencial para desarrollar la conducta prosocial y también la conducta violenta. Que la conducta prosocial aflore dependerá de muchos factores, en gran medida ambientales (clima familiar positivo con buenos vínculos afectivos entre sus miembros, centro educativo que trasmite valores, refuerzo de la prosocialidad), aunque también personales (empatía, control de impulsos, tolerancia a la frustración). Por consiguiente, y aunque no hay que olvidar el fundamento biológico de la agresividad y la violencia humana, la educación en valores por parte de la sociedad, la familia y la escuela son determinantes para la emergencia de la conducta social positiva y la inhibición de la conducta violenta.

 

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