Del trabajo al empleo: la pérdida de marcos de referencia colectivos

Xavier Orteu, profesor colaborador del Máster Empleo y mercado del trabajo y director de Insercoop.

Hablar de ciudadanía laboral ha supuesto durante muchos años entender la cuestión del empleo dentro del marco de la justicia social (protecciones colectivas, libertad individual…). Venimos de una tradición en la que el Estado ha intentado encontrar un equilibrio entre economía y justicia social mediante una administración burocrática de la producción y de la gestión de la seguridad social. Pero la lectura de la crisis nos está haciendo creer que esta alternativa cada vez es más inviable. Una tragedia que no se debe tanto a que la humanidad ignore lo que le espera, sino al hecho de estar bajo el dominio de grupos económicos.

En este contexto hay que situar la confusión entre empleo y trabajo como el borrado de uno de los marcos de referencia que permiten promover el valor social del trabajo.

1. Bajo el nombre de crisis estamos asistiendo a una nueva definición de las fronteras entre el espacio público y privado

Esto lo estamos viendo en muchas situaciones de privatización de servicios públicos (agua, transportes, educación, sanidad…), en las que el trabajo también se encuentra inmerso. Muchas veces estas transformaciones se visualizan como una colisión de intereses.
Hay que tener en cuenta que no es el fin del trabajo, sino su transformación. Nos encontramos en una tendencia a la polarización entre personas altamente ocupadas y otros con graves problemas para acceder a un empleo. Estamos en una época post-industrial, pero no de post-trabajo. No ha cambiado la centralidad del trabajo, sino la manera de entender esta centralidad. Por lo tanto, también de incorporarla en el propio discurso. Derivado de este hecho, han quedado afectados muchos de los valores asociados a lo laboral. Y su lugar lo han ocupado la competitividad, la maximización del capital humano o el aumento del rendimiento.

2. La orientación actual de lo que entendemos por trabajo tiende a deshacer su dimensión colectiva

Se trata de una cuestión que tiene una larga trayectoria en el debate sobre el valor social del trabajo y sus regulaciones necesarias. Para Émile Durkheim la división social del trabajo no tiene que ver con el aumento de la productividad –como plantearía Adam Smith–, sino con el ejercicio de la solidaridad social entendido como sentido de utilidad social.

Durkheim subraya que lo importante es la necesidad de existir en el campo del otro (efecto de la socialización, interdependencia social, etc). Esto supone una división del trabajo donde cada uno ocupa un lugar con valor para el resto de la comunidad. Es decir, permite la adquisición de un sentimiento de utilidad al conjunto de la sociedad. Refuerza la complementariedad de los individuos obligándolos a cooperar.

El trabajo moderno tiende a deshacer esta dimensión colectiva garante de la orientación al otro. Desarrolla nuevas formas de organización del trabajo que apuntan a dos aspectos: por un lado una orientación narcisista donde se pone de relieve la ausencia del otro social y, por otro, una orientación a la empresa. Es decir, se exige una interiorización de la causa de la empresa por parte del trabajador. Si unimos los dos aspectos es fácil deducir las consecuencias sobre el cambio en la función socializadora del empleo.

3. La precarización
Quizás uno de los términos que han conseguido expresar mejor los efectos que genera esta nueva situación es el de ‘precariado’. A pesar de que es frecuente pensar en la situación de precariedad identificándola sólo con aquellas personas que sufren unas malas condiciones laborales, hay que saber que este sólo es uno de los aspectos que la caracterizan. La falta de apoyo comunitario tiene una incidencia fundamental en la configuración de esta nueva categoría.

Podemos decir que la precariedad laboral es un reflejo de la precariedad de los lazos sociales, pero también lo podríamos formular al revés: la fragilidad social conlleva fragilidades en la empleabilidad. La desaparición de los antiguos roles sociales articulados en relación al trabajo provoca la exclusión no únicamente de quien no tiene trabajo, sino también de quien no dispone de anclajes sociales.

La conexión entre la precariedad laboral y la de los lazos sociales nos permite entender que, en realidad, se trata de una precariedad simbólica. Esta precariedad actúa reduciendo el espacio en el que es posible pensar, proyectar, articular un proyecto de futuro. Por lo tanto, el resultado final es la incapacidad de producir sentido y por tanto, la imposibilidad para poder ocupar un lugar y sentirse protagonista en el nuevo marco laboral.

4. Destrucción de la experiencia colectiva

Los procesos de ‘precarización’ provocan la destrucción de la experiencia colectiva. El espacio en el que era posible articular lo individual y lo colectivo se diluye. La posibilidad de intersección entre la dimensión compartida que se expresa a través de la cultura y la parte individual, desaparecen.

Por lo tanto, se borra el marco en el que las personas pueden articular algo de lo individual con lo social. Se da una crisis del relato. El espacio social donde eran posible las construcciones compartidas, se acaba convirtiendo en un espacio inestable y fragmentado que no orienta. En lógica con este hecho, cada vez aumenta más el volumen de personas que no sólo no tienen trabajo, sino que no se adaptan a las nuevas lógicas laborales y no disponen de recursos, ni para entender qué pasa con su situación, ni mucho menos para transformarla.

Es decir, actuaciones con una visión única que ubican la persona sólo en relación a su capacidad productiva. Se trata de una mirada que genera nuevos procesos de segregación en nombre de la productividad. Acciones que se articulan sólo bajo la noción de empleo o ausencia de empleo.

5. En este marco es donde hay que repensar qué es el trabajo desde la dimensión social

Como hemos apuntado, el Estado durante mucho tiempo ha intentado regular y equilibrar economía y justicia social. La sustitución que hace el Estado de la utilidad común para la utilidad pública. Esto significa que bien común se identifica con los intereses comunes, que sería lo que hay en común en los intereses particulares y que daría forma al vínculo social.
Es decir, lo particular que hay en el trabajo serían las condiciones concretas en que se realiza, cómo afecta a la persona. El Estado pasa de velar por el trabajo a hacerlo por el empleo. Y, por tanto, el Estado entiende el trabajo como una forma colectiva de un interés privado. Y a esto lo llama empleo.

Hay que diferenciar entre público y privado. Público remite a lo gestionado desde el Estado y privado, a lo que se gestiona desde los intereses particulares.

Las cuestiones que nos interesan saber son: ¿dónde quedan los otros elementos que componían el trabajo? ¿Dónde quedan los elementos comunes que remitían a la sociabilidad?

6. La dimensión común / propia del trabajo

Para Cicerón, lo común se basa en la sociabilidad propia del género humano. La respuesta a qué es común no la encontramos en relación a la esencia de las cosas. No se trata de una propiedad compartida. Lo común se debe pensar como una co-actividad, no como una co-pertenencia, co-propiedad o co-posesión.

Sólo la actividad práctica puede hacer que las cosas se vuelvan comunes y, del mismo modo, sólo la actividad práctica puede producir un nuevo sujeto colectivo. Por lo tanto, podemos decir que Cicerón hace de la práctica de la puesta en común la condición misma de lo común.

Por ejemplo, se dan muchas diferencias entre una mejora de la empleabilidad orientada desde una dimensión privada o desde una de común. Las actuaciones de mejora de la empleabilidad desde una dimensión privada siempre buscan la manera en que cada persona pueda incrementar sus potencialidades laborales para competir con el resto de personas que optarán a un trabajo. Esta orientación supone aceptar los riesgos excluyentes que se desprenden del hecho de competir por los puestos de trabajo existentes. Podemos decir que, desde esta lógica, la exclusión sería un resultado natural del funcionamiento del mercado. Por tanto, esta orientación no es incompatible con generar mayores exclusiones de aquellos menos preparados.

Esto es interesante, porque habitualmente se piensa que la mejora de la empleabilidad es el reverso de la exclusión laboral, mientras que sencillamente puede tratarse sólo del discurso que legitima que algunas personas queden fuera.

Ahora bien, desde la lógica de lo común es posible otra lectura que entiende el acceso al trabajo (no al empleo) como un proceso de provisión de bienes públicos a través de la cooperación y la participación. Un proceso que permite la producción de nuevas lógicas de encaje social. Se trata de acciones de naturaleza colectiva que refuerzan la dimensión comunitaria en la medida que promueven procesos de construcción conjunta.

En este sentido, se apunta que el acceso al conocimiento (es decir, los bienes públicos entendidos en clave de conocimientos, aptitudes, competencias, participación…) es la piedra angular desde esta perspectiva. No se trata de unos conocimientos que generan competencia, sino que generan obligaciones y responsabilidades colectivas. En este sentido, podemos afirmar que lo contrario de competencia es lo común.

7. Adecuar las instituciones para que traten el trabajo como un bien público

Se nos abren pues dos orientaciones que creo que hay que analizar: por un lado, pensar en respuestas que buscan reducir el déficit que la persona tiene en relación a las necesidades productivas y, por otro, construir las condiciones para que se generen nuevas posibilidades de vida y de trabajo.

Los efectos de las dos propuestas en relación a la libertad del individuo son diferentes: el primero es de la persona en relación a un empleo y el segundo es la relación de la persona en relación al trabajo. Mientras la primera genera nuevas servidumbres, la segunda produce nuevas aperturas.

Este aspecto es fundamental porque hace posible la apertura a nuevos espacios sociales fuera de la polarización de trabajar / no trabajar.

Huyendo del binarismo limitativo y generando un espacio que no sólo vincule trabajo con salario, sino también con colectividad. Permite, en definitiva, crear nuevos anclajes sociales y por lo tanto inaugura otras posibilidades de economía social.

Biblioografía:

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-Garcés, Marina (2013): El compromís. Barcelona: CCCB

-Laval, C. y Dardot, P. (2013). La nueva razón del mundo. Barcelona: Ed. Gedisa

-Laval, C. i Dardot, P. (2014). Común: ensayo sobre la revolución en el siglo XXI. Barcelona: Ed. Gedisa

-Linhart, D. (2013). Trabajar sin los otros. Valencia: PUV

-Orteu, X. (2017). Desafíos en un mercado laboral en transformación. Barcelona. Ed. UOC