Menores víctimas de violencia familiar: una asignatura pendiente

Adrián Montesano, coordinador de la asignatura Atención a la infancia y adolescencia en riesgo, del Máster de Psicología Infantil y Juvenil de la UOC.

Como cada semana, la prensa publica una nueva noticia sobrecogedora sobre maltrato infantojuvenil. En esta ocasión, dos niñas, de 16 y 17 años de edad habían sido vendidas por su hermana mayor por una cantidad de 10.000 euros cada una. Las autoridades señalan en su investigación que las dos menores habían huido de su vivienda familiar, como consecuencia de los abusos sexuales sufridos por parte del padre. Las dos hermanas intentaron refugiarse en la vivienda de su hermana mayor. Una vez allí, esta y su marido negociaron la venta de las dos chicas para realizar matrimonios forzados. Tras la liberación de las dos hermanas por los agentes de seguridad, se constataron otras formas de abuso y maltrato. La primera joven vendida se encontraba enferma y sin asistida médica, ya que, al parecer, la familia compradora no lo consideraba necesario. La otra hermana, según fuentes policiales, también había sufrido abusos sexuales por el marido de su hermana mayor (cuñado de las víctimas), quien después participó en la organización de la venta de la menor.

En este caso, como en muchos otros, son personas de la propia familia las que perpetran el maltrato. Como coordinador de la asignatura de Atención a la infancia y adolescencia en riesgo, del Máster de Psicología Infantil y Juvenil de la UOC no puedo evitar preguntarme:

• ¿Qué dicen las encuestas sobre la indecencia y la prevalencia de menores víctimas de violencia y maltrato familiar en España?
• ¿En qué consiste y qué tipos de violencia familiar se dan con mayor frecuencia?
• ¿En qué principios podemos apoyarnos para prevenir e intervenir en estos casos?
• ¿Cómo se lleva a cabo la intervención psicológica con niños y adolescentes víctimas de maltrato familiar?

Encuestas funestas

Todos los recursos serían pocos para luchar contra este grave problema social: niños que son víctimas de diversas formas de violencia familiar. Y, la verdad, a pesar de que el nivel de sensibilización de la sociedad es notablemente mayor, los dispositivos y recursos sociales son aún escasos y las estadísticas funestas.

Según el portal www.infanciaendatos.es creado por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e lgualdad y UNICEF Comité Español, la situación es alarmante, tal y como refleja este simple gráfico sobre el número de menores de 18 años que han sufrido algún tipo de violencia en el contexto familiar hasta el año 2016:

Esta gráfica nos advierte tanto sobre un posible acusado incremento en la incidencia de casos como que probablemente la mejora de los sistemas de detección de situaciones de maltrato infantil ha permitido destapar casos antes silenciados. Sea como fuere, en el 2016 se llega a 5523 casos criminalizados. Una cifra que nos obliga a preocuparnos seriamente por el bienestar infantil, los derechos humanos y la educación que reciben las familias sobre la ética de las relaciones interpersonales, sexuales y amorosas. Más aun teniendo en cuenta que una cifra insospechada de casos no llegan a judicializarse.

Con respecto a los tipos de maltrato, el Informe del Observatorio de la Infancia sobre el maltrato infantil en la familia en España, muestra los siguientes datos  de una muestra integrada por 769 familiares de menores de 18 años, 802 psicopedagogos y responsables de guarderías y colegios, y 898 niños y niñas de entre 8 y 17 años.

 

Tabla 1. Tipos de maltrato, por edad de la víctima en porcentaje (de 0 a 17 años)
 
Como se puede observar, entre los 0 y los 7 años el mayor porcentaje de casos se encuentran en la categoría de maltrato físico (59,68%). En el tramo de 8 a 11, el tipo de maltrato más frecuente es el psicológico (60%). Mientras que entre los 12 y los 17 años se observa el maltrato físico y psicológico a partes iguales (54,55%). En el informe también se describe el fenómeno según el género de la víctima. Los niños de 0 a 7 años presentan mayores porcentajes de todos los tipos de maltrato, excepto del abuso sexual. Al contrario, en el tramo de 8 a 11 años, las niñas presentan las mayores tasas de abuso. Por último, entre los 12 y los 17 años las chicas sufren más maltrato emocional y abuso sexual, y los chicos más maltrato físico. Como era de esperar, las chicas se llevan, desgraciadamente, la peor parte.

¿Qué se entiende por maltrato infantil?

No es esta una cuestión fácil de responder. Existen multitud de definiciones y formas de clasificar el maltrato infantil y la violencia familiar, pues no son conceptos inequívocos, y están siempre influidos por el marco legal y el contexto sociocultural de referencia. Tal y como reclaman referentes nacionales en el campo del maltrato (i.e., López, 2008; 2014), para trabajar con la infancia conviene manejar a la vez dos enfoques complementarios:

1. El modelo de deficiencia: Desde este modelo se entiende por maltrato toda violencia, perjuicio o abuso físico y mental, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, incluido el abuso sexual, mientras que el menor se encuentre bajo la custodia de los padres, de un representante legal o de cualquier otra persona o institución que lo tenga a su cargo . Este modelo es el que predomina y por el que se rigen los profesionales del ámbito jurídico y legal de protección de menores. Resulta útil para tomar decisiones legales sobre la tutela y la culpabilidad del daño producido. Sin embargo, al focalizarse principalmente en la conducta del maltratador y el daño o carencia provocado en los menores, descuida otros asuntos de vital importancia e impide adoptar una posición de globalidad y complejidad. Igualmente, está limitado a situaciones de maltrato más extremas, invisibilizando otras formas de negligencia o maltrato que se dan dentro de la dimensión buentrato-maltrato.

2. Modelo de bienestar: Como complemento al modelo anterior, este enfoque tiene como referencia el concepto de bienestar, como un derecho fundamental del niño. Define el maltrato como acción, omisión o trato negligente, no accidental, que prive al niño de sus derechos y su bienestar, que amenacen y/o interfieran su ordenado desarrollo físico, psíquico o social, cuyos autores puedan ser personas, instituciones u otros agentes sociales . La ventaja principal de este enfoque es que reconoce la necesidad de intervención no sólo para evitar y castigar el maltrato sino también para reestablecer y asegurar el buen trato y el cuidado de las necesidades de los niños/as, especialmente tras haber sido victimizados. Así pues, promover el bienestar infantil implica evitar la violencia pero también garantizar los derechos y las necesidades fundamentales de los menores.

¿Cómo intervenir para prevenir el maltrato y promover el bienestar infantil?

Dadas las graves consecuencias de la ausencia del buen trato y el maltrato, la primera línea de actuación debe centrarse en la prevención. En este sentido es preciso implementar actualizaciones de: a) programas de concienciación social, b) programas de formación de los profesionales vinculados directa e indirectamente con la infancia y la adolescencia, c) programas de desarrollo de competencias parentales, y d) programas de educación relacional y sexual en las escuelas.

No es, sin embargo, una tarea sencilla determinar qué contenidos deben contemplarse para la actualización de programas. Resulta innegable que en una sociedad cambiante como la actual, conviven diversos criterios sociales sobre cómo deben ser o no las relaciones familiares, en qué consiste el bienestar y los cuidados a la infancia, sobre dónde están los límites de la autoridad y el castigo. Pareciera que, por lo que respecta a los modelos de relaciones familiares, la sociedad se encuentra en un periodo de crisis y transición desde un modelo mayoritariamente autoritario de moralidad religiosa a otro de individualismo aséptico que no termina de tomar forma del todo y que se diluye en los valores de la sociedad posmoderna liberal y mercantil. En este sentido, la sociedad tiene una asignatura pendiente, que debe afrontar con la máxima de las premuras.

A este respecto, quisiera destacar la propuesta educativa del catedrático Félix López Sánchez, de la Universidad de Salamanca. En sus recientes contribuciones sobre la ética de las relaciones sexuales y amorosas, se pueden encontrar las bases, de presunción universal, sobre las que articular cualquier programa de intervención, independientemente de la audiencia a la que se dirija (niños, profesionales, familias, escuelas, etc). Basado en un modelo de bienestar y de las necesidades fundamentales de la infancia, López describe tanto los fundamentos filosóficos de la ética relacional (López, 2015) como las aplicaciones educativas de dichos fundamentos (López, Fernández y Carcedo, 2017). De esta fundamentación, fruto de la experiencia académica y aplicada de sus autores, se derivan una serie de principios universales sobre las relaciones sexuales y amorosas, que son:

1. Ética del consentimiento
2. Ética del placer y bienestar compartido
3. Ética de la igualdad
4. Ética de la lealtad
5. Ética de la salud
6. Ética de la diversidad
7. Ética de los cuidados

Para dar respuesta a la pregunta sobre cómo se lleva a cabo la intervención psicológica con niños y adolescentes víctimas de maltrato familiar contamos con la colaboración de María Vergara, psicóloga del Centro EXIL de Barcelona, que ofrece atención especializada a víctimas de violencia y violación de derechos humanos, promoviendo su resiliencia.