El suicidio o cómo prevenir una cuestión tabú

Josep Maria Suelves, psicólogo y profesor colaborador y tutor del Grado de Psicología, y Anna Robert, psicóloga del Área de Adolescentes del CASM Benito Menni de Sant Boi de Llobregat (Barcelona).

El suicidio es un importante problema social y de salud pública. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, se estima que cada año hay unas 800.000 defunciones por suicidio en todo el mundo, aproximadamente una persona muerta por esta causa cada 40 segundos. La magnitud del impacto de este problema llega más allá de estas cifras, si tenemos en cuenta que el número de personas que cometen un acto suicida es 20 veces superior al número de defunciones y que muchas de las personas que sobreviven a una conducta suicida la repetirán en el futuro. El suicidio es también un problema para las personas del entorno de las víctimas, que tienen que hacer frente a la tragedia que supone hacer frente a la pérdida de un ser querido y al sentimiento de culpa por no haber podido evitar su muerte.

En 2016, más de 3.500 personas murieron por suicidio en el conjunto del Estado, y un 14,3% de los fallecimientos se produjeron entre personas residentes en Cataluña. Al igual que otros años la tasa de mortalidad por suicidio fue creciendo con la edad, especialmente entre los hombres, entre los que se concentró el 74,6% de la mortalidad por suicidio.

En Cataluña y en el conjunto del Estado, la mortalidad por suicidio es inferior a la que se observa en los países del norte de Europa, ya finales del siglo XX y los primeros años de este siglo mostraba una tendencia decreciente que puede haber variado coincidiendo con el inicio de la crisis económica aunque, a diferencia de lo que se observó en países como Grecia, no ha sido posible identificar con certeza el impacto de la crisis sobre las defunciones por suicidio.

La mortalidad por suicidio seguramente es sensiblemente superior a la que reflejan las estadísticas de mortalidad, que no siempre permiten identificar correctamente la causa de la muerte en el caso de las defunciones por lesiones no intencionadas o por violencia. La incorporación de información de fuentes forenses seguramente pondría de manifiesto una mortalidad por suicidio más elevada que la que muestran los informes estadísticos.

Prevenir un tema tabú

Las conductas suicidas y las muertes por esta causa no son una cuestión de mala suerte, sino que están asociados a determinantes que se conocen al menos parcialmente. Se sabe que tanto los pensamientos y las conductas suicidas como las muertes por suicidio están asociadas, además de a la edad y el género, a problemas psicológicos como los sentimientos de desesperación o inutilidad ya diferentes trastornos mentales como la depresión, la esquizofrenia , los trastornos de la personalidad y los trastornos por uso de alcohol u otras drogas. Por este motivo, una de las prioridades para la prevención del suicidio es la detección de las personas con un riesgo de suicidio elevado –como los pacientes psiquiátricos con pensamientos y planes de suicidio o las personas atendidas por los servicios sanitarios tras un episodio suicida no mortal– con el objetivo de que reciban un tratamiento efectivo lo antes posible.

Aparte de las actuaciones para identificar y tratar desde los servicios sanitarios a las personas con alto riesgo de suicidarse, la prevención del suicidio requiere otras medidas poblacionales de salud pública, como el control de acceso a potenciales medios suicidios (armas de fuego, medicamentos y productos tóxicos, etc.) y políticas de prevención en relación al alcohol y otras drogas.

En la mayor parte de los países, el nivel de implementación de planes y estrategias de actuación efectivos para prevenir el suicidio es todavía bajo, en parte porque el temor a los potenciales efectos adversos de la divulgación de noticias sobre el suicidio contribuye a que su magnitud y características no sean suficientemente conocidas. Durante mucho tiempo se ha pensado que la difusión de informaciones sobre el suicidio podía tener un efecto de contagio conocido como efecto Werther o efecto ‘copycat, contribuyendo a hacer del suicidio un tema tabú. Más recientemente, el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación también ha hecho necesario analizar los riesgos y los beneficios de la difusión de informaciones relacionadas con el suicidio a través de las redes.

A pesar de estas reservas, hoy se piensa que la difusión de información sobre el suicidio es un elemento necesario para lograr una sensibilización del conjunto de la sociedad, los colectivos profesionales y las instituciones implicadas que permitan adoptar políticas de prevención apropiadas, y diferentes organismos de ámbito internacional y de nuestro entorno han elaborado guías que indican de qué manera hay que informar a la población sobre el suicidio y sus consecuencias.