¿Qué es una vida digna hoy? A propósito del Día Internacional de la Educación Social

Jordi Solé Blanch, profesor del Grado de Educación Social.

El 2 de octubre se celebra el Día Internacional de la Educación Social. Este año se hace bajo el lema ‘Dignidad y derecho de ciudadanía’. Los diferentes colegios de educadoras y educadores sociales de España realizarán diversos actos conmemorativos que se visibilizarán en las redes sociales, sobre todo en Twitter, con el hashtag #EDUSODAY2018. Nosotros queremos hacer una breve reflexión en este blog a propósito del lema de esta celebración.

En la III Jornada de Educación Social de la UOC, celebrada el año 2014 en Saifores (Banyeres del Penedès) donde la Fundación Marta Mata tiene su sede, nos planteábamos la pregunta siguiente: ¿qué es una vida digna, hoy? La filósofa Marina Garcés (en la conferencia inaugural y en la mesa redonda donde participaron la arquitecta Itziar González, el sociólogo y cooperativista de La Ciutat Invisible Ivan Miró y el entonces profesor de Pedagogía Social de la Universidad de Castilla – la Mancha, José G. Molina), nos ayudaron a pensar esta pregunta partiendo de la necesidad de construir una posición ética y política desde la educación social a fin de situar el valor de una vida digna en el centro del ejercicio profesional. A resguardo del frío de un inicio de primavera que se resistía a brotar, las viejas estancias de Cal Mata acogieron un diálogo fructífero ( “vamos a pensar esto… juntos”, nos decía Marina Garcés) y, sobre todo, nuevos interrogantes que aún resuenan.

Hay muchas respuestas posibles a esta pregunta, seguramente. El mismo lema del Día Internacional de la Educación Social viene a decirnos que, sin derechos ciudadanos, es decir, sin la salvaguardia de los derechos humanos que nos pertenecen como ciudadanos libres e iguales, no es posible la dignidad. Hay, sin embargo, otras respuestas sin que debamos apelar a la lógica de los derechos. Entre las que se apuntaron en aquella Jornada, yo recojo la siguiente: una vida digna es aquella que no está hecha de miedo.

Lejos de convertir esta idea en una proclama de autoayuda, conviene pensar a fondo qué es lo que nos dice a fin de extraer sus implicaciones tanto en el ámbito personal como profesional. El miedo del que hablo no se refiere a los miedos concretos, sino al miedo que nos hace perder el control de nuestras vidas. Sé que no es fácil hacer la distinción. Es el miedo que nos condena a resignarnos con la vida que tenemos, que a menudo se expresa en todo tipo de malestares que se precipitan en la asfixia de una vida cotidiana demasiado triste, sin deseo. Los servicios de atención social y las consultas de psicólogos y terapeutas conocen bien los efectos de estos malestares, que se manifiestan de formas muy diversas: ansiedad, estrés, dolores físicos, depresión, etc. La lista es larga, tanto como sus tratamientos; siempre individuales, a menudo medicalizados.

Quizás lo que digo es de una banalidad que espanta. Un ‘coach’ un poco audaz y con sentido de la oportunidad, sería capaz de ofrecer un curso de treinta horas para “aprender a no tener miedo”. Y lo llenaría. Pero no basta con las fórmulas de la psicología positiva. Hay que alejarse de ellas en unos tiempos en los que el pensamiento positivo está colonizando todos los discursos, también el de la educación social. Este miedo, el miedo que no nos deja vivir dignamente, es el miedo que nos atrapa en la impotencia. El miedo de un presente sin futuro que se nos clava en la piel.

¿Cómo definimos, cómo sostenemos y cómo defendemos una vida digna cuando nos sentimos abrumados por la falta de futuro?, nos preguntábamos en aquella Jornada. Lo hacíamos pocos días después de la primera Marcha de la Dignidad que tomó el centro de Madrid bajo el lema ‘Pan, trabajo y vivienda’. Aquella Marcha se enmarcaba en un ciclo de luchas que tuvo en el 15M de 2011 un momento de inflexión. Yo quisiera recordar una de aquellas luchas que se produjo unos años antes. En la anterior burbuja inmobiliaria de España -ahora vivimos un nuevo episodio-, el colectivo V de Vivienda hizo circular un lema que conectaba muy bien con un miedo muy concreto y muy real: “No vas a tener casa en la puta vida“, decían sus carteles en unos tiempos en los que mucha gente firmaba hipotecas y contratos de alquiler que acabarían incumpliéndose unos meses después. Aquel lema podía parecer intempestivo, pero describía una realidad social que acabaría imponiéndose por todas partes. Era también un lema premonitorio que, a su vez, ponía palabras a una situación de la que ya no se podía hablar solo en nombre propio. No tener casa no era solo un problema privado. Al mismo tiempo, ese lema era un grito que abría un espacio de violencia. Violencia contra la lógica extractiva de los rentistas y el endeudamiento. Violencia contra el sentido común que justifica esta misma violencia para someternos a unos ideales de vida que van más allá de cubrir la necesidad de contar con un techo en el que vivir. Quedar fuera de este juego atiza, sin duda, el fantasma del miedo.

Podemos extender este lema a muchos otros ámbitos de la vida. “No vas a tener trabajo en la puta vida” podría ser el nuevo grito que escupieran los muros de nuestras ciudades. En caso de que lo tengas, será precario; o no te permitirá cubrir las necesidades básicas; o te obligará a explotarte a ti mismo sin perder el entusiasmo, entregándote al goce de tu propio rendimiento, tal y como se espera de un emprendedor que se expone al juego de la competitividad extrema a fin de “ganarse una vida”. Una vida de miedo. ‘No vas a tener…’, ¿una vida digna?

Son muchas las preguntas que podemos hacernos este Día Internacional de la Educación Social. Sería bueno que nos las hiciéramos cada día. Las educadoras y educadores sociales, así como tantos otros profesionales del campo social, afrontan con demasiada frecuencia el malestar que generan estas preguntas con mucha soledad. Son preguntas, sin embargo, que nos interpelan a todos. ¿Cómo garantizar la vida material y la subsistencia digna sin rebajar la vida? ¿Cómo liberarse del miedo que provoca la impotencia? Es evidente que la respuesta a estas preguntas no caben en un tuit.