La vida como empresa de rendimiento

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Jordi Solé Blanch, pedagogo y profesor del grado de Educación Social. Coautor de Políticas del sufrimiento y la vulnerabilidad (Icaria, 2018).

Hace unos días, el psicoanalista Enric Berenguer publicaba un artículo en la sección de El Diván de La Vanguardia en el que se preguntaba hasta qué punto el neoliberalismo cambia nuestra subjetividad. En un diálogo que el mismo Berenguer mantiene con Christian Laval y Pierre Dardot, El ser neoliberal (NED Ediciones, 2018), se describe y analiza muy bien cómo el neoliberalismo es capaz de establecer una nueva racionalidad, cambiando la forma de nuestra existencia: cómo nos comportamos, cómo nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos, etc. Laval y Dardot han analizado a fondo el funcionamiento de este régimen de dominación en diferentes obras. El neoliberalismo, dicen estos autores franceses, penetra en el deseo, allí donde no podemos ofrecer resistencia. Tal y como ya apuntó en su momento Michel Foucault, el objetivo es que cada uno se convierta en “empresario de sí mismo”, que no significa que uno tenga una empresa, sino que gestiona su vida y las relaciones con los demás como si se tratara de una empresa de rendimiento.

Ara es el sujeto quien se explota a sí mismo mientras gestiona su vida y sus relaciones con los otros como si se tratara de una empresa de rendimiento

Fijémonos cómo, desde muy pronto -de hecho, desde los primeros años de vida-, este régimen de dominación modela poco a poco nuestra representación de la realidad. ¿Por qué unos padres, por ejemplo, envían a sus hijos desde muy temprana edad a hacer cursos de inglés y otras actividades formativas si no es pensando en su aceptación futura en un mercado regido por la ley de la competencia? Se inicia así una inversión en capital humano que durará a lo largo de la vida. Lo saben bien los jóvenes, muchos de los cuales se endeudan para alcanzar los títulos que más reluzcan en sus currículums, obligados a tratar la vida como fuente de plusvalía y no solo como fuerza potencial de trabajo, base de las relaciones de producción capitalistas. Ahora es el sujeto quien se explota a sí mismo.

Este régimen de dominación, es decir, el hecho de construirse como sujeto del rendimiento, se extiende también a otras facetas de la vida, desde el deporte a la sexualidad. Lo podemos ver cada día en los escaparates transparentes de los gimnasios, o en la obsesión que tienen miles de runners para competir consigo mismos a fin de mejorar sus marcas unos pocos segundos, conscientes de que una buena forma física los hace más atractivos a la hora de mantener un trabajo o mejorar su proyección profesional, por no hablar de las hazañas deportivas de autosuperación, donde “nada es imposible”, tal y como dice el admirado deportista catalán Killian Jornet. Lo podemos ver también en los comportamientos que mantienen muchas personas en el mercado del amor, atrapadas en aplicaciones y redes sociales para encontrar pareja o poder mantener relaciones sexuales libres y sin compromiso -no exentas de riesgo, tal y como sucede con la moda del Chemsex– con el objetivo de acumular vivencias intensas, si bien nunca pueden acabar de disimular el vacío profundo que moviliza estas prácticas. Que no se nos confunda. No estamos en contra de la libertad sexual (aunque tenemos serias dudas de que exista alguna libertad en la sexualidad si no somos capaces de deshacernos de la soberanía del sexo falocéntrico que impide otro tipo de conexiones), sino de una economía política del deseo que se presenta como un ciclo maníaco-depresivo de frenesí y miedo, en el que el hábito y la dependencia del consumo (en este caso, sexual) nos obligan a tener siempre necesidad de algo más.

En todos estos ejemplos podemos observar hasta qué punto se está haciendo de la vida una empresa de rendimiento en el seno de una lógica donde se pone en relación la falta con el exceso o, como dice el pensador y psicoanalista de origen argentino Jorge Alemán, el carácter insaciable del deseo humano con el exceso de júbilo; es decir, “concebir la propia vida y nuestras relaciones con los demás bajo una performance de sexualidad, deporte y trabajo” donde la cuestión del rendimiento y la optimización de la vida y sus recursos se ponen en el centro de la existencia. Hasta que la vida encarnada en nuestros cuerpos se rompe y un buen día se descubre que ya no se puede más.

Foto principal: rawpixel en Unsplash