Responder al desamparo

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Jordi Solé Blanch, pedagogo y profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC. Coordinador del libro Familias de acogida. Respuestas al desamparo (Ned Ediciones, 2019). @jordisblanch

En los últimos años hemos visto cómo la ruptura del pacto social ha supuesto el abandono de amplias capas de la población, que son tratadas como auténticos residuos. La austeridad neoliberal impuesta desde Europa como respuesta a la crisis del 2008 ha generado mucha desigualdad. Mientras el capitalismo se recompone en un nuevo ciclo de expropiación colectiva, la fragmentación social, la debilidad de la vida en comunidad, la fragilidad de las solidaridades vecinales, etc. nos abocan a formas de vida cada vez más aisladas y solitarias. Hay muchas vidas rotas. En este contexto, el sistema de protección a la infancia y la adolescencia tan solo logra atender pequeños pedazos de estas vidas cuando entre ellas hay menores de edad en situación de riesgo o desamparo.

Una demanda hacia políticas para fortalecer el acogimiento familiar

De todos es conocido que, a fecha de hoy, el sistema de protección está absolutamente desbordado. La crisis de los jóvenes inmigrantes sin referentes familiares, de la que tanto se ha hablado en los últimos meses, ha acabado por tensionar las costuras de un sistema que ya no sabe cómo hacerse cargo de tanto abandono.

Jordi Solé Blanch
Jordi Solé Blanch

Así las cosas, el acogimiento residencial o en familia extensa son los dos recursos sustitutivos mayoritarios cuando la Administración asume la tutela de un menor. El libro que presentamos en este post y en el que han colaborado José R. Ubieto, Susana Brignoni, Francesc Frigola, Beronika Gómez y Asun Pié -todos ellos vinculados a la UOC y a programas como el grado de Educación Social, como profesores, colaboradores docentes y autores de materiales didácticos- puede entenderse, si se quiere, como una demanda hacia el desarrollo de políticas que fortalezcan el acogimiento familiar. Y sobre familias de acogida nos referimos tanto al acogimiento en familia extensa que, por ser considerado una modalidad de acogimiento “natural” por los vínculos de consanguinidad, a menudo es el más desatendido, como al acogimiento en familia ajena, que incluye el acogimiento profesionalizado (en Cataluña, las Unidades Convivenciales de Acción Educativa), una medida desconocida y poco desplegada en nuestro país.

El acogimiento familiar desde la implicación de los profesionales

En cualquier proceso de acogimiento -tal y como se expone en el libro-, se ponen en juego diferentes tipos de fenómenos que es oportuno conocer para revisar y orientar los modelos de trabajo de los equipos profesionales que trabajan en este ámbito. En este sentido, esta publicación apuesta por abrir una conversación entre orientaciones teóricas y oficios diferentes, que van desde el psicoanálisis a la educación y el trabajo social, incluyendo el testimonio como madre de acogida de Asun Pié, un relato que, desde la perspectiva de alguien que ha sido objeto de la intervención profesional, permite cuestionar cómo se hacen las cosas en el conjunto del sistema de protección.

José R. Ubieto
José R. Ubieto

El modelo de trabajo que estructura el actual marco normativo toma el ejercicio de la parentalidad positiva como el indicador principal a la hora de juzgar la buena parentalidad, Sin duda, el ejercicio de la parentalidad cabe situarlo en un contexto de época. José R. Ubieto y Susana Brignoni, por ejemplo, sitúan algunos aspectos importantes a tener en cuenta al inicio de sus capítulos. Ubieto señala cuestiones que van desde la crisis del trabajo, al declive de la imago paterna, pasando por el papel de las nuevas tecnologías y la cultura del consumo en la construcción de las identidades. Brignoni, por su parte, apunta que, si hay algo que hoy acompaña a las infancias, es la soledad, una soledad muy particular: la soledad del que se conecta a la red, del que juega a los otros sin verlos, en un momento en el que “las pantallas suplen lo que en otro momento estaba a cargo de los padres”. Todo ello tiene una incidencia en la forma de ejercer la parentalidad hoy en día y, por tanto, en las fórmulas familiares adoptivas y de acogida.

El proceso de las familias de acogida

Susana Brignoni
Susana Brignoni

Si nos centramos en otro plano, es decir, en el “acto” de acoger, la clínica que se describe en los diferentes capítulos del libro la podríamos ubicar en una temporalidad que incluye tres momentos:

– en primer lugar, el momento antes de acoger, la demanda, es decir, “qué hace decidir hoy a una pareja o a una persona sola pedir un acogimiento familiar”;

 – en segundo lugar, hallamos todo aquello que se pone en juego en el “encuentro” entre las familias y el niño o niña de acogida;

– finalmente, aparece la cuestión del sostenimiento del acogimiento, cómo hacer frente al rechazo, al cansancio, etc., sobre todo con la llegada de la adolescencia, momento en el que surge “la necesidad de renovar el consentimiento que propició el acogimiento”.

Se pueden decir muchas cosas sobre estos tres momentos. Los diferentes capítulos del libro interpelan al papel que deben jugar los profesionales, ese partenaire que debe erigirse -tal y como sostiene Ubieto- en “verdadero interlocutor y figura de apoyo en todo el proceso, rescatando siempre la singularidad de cada posición”, tanto en los acogedores como en el acogido mismo.

Los interrogantes del acogimiento familiar

Familias de acogida. Respuestas al desamparo es un libro que plantea muchas cuestiones de interés. En él se dedica mucho espacio a los síntomas más habituales en los procesos de acogimiento familiar. Algunos de estos síntomas son particulares dependiendo de la modalidad del acogimento, es decir, sea un acogimiento en familia extensa o un acogimiento en familia ajena. Sin duda, vale la pena abrir algunos interrogantes en torno a la clínica del acogimiento familiar. Apuntemos brevemente algunos de ellos:

a) En primer lugar, nos podemos preguntar qué es lo que está en causa en la demanda de acoger. Susana Brignoni nos recuerda que esa causa está caracterizada por “lo particular sintomático de aquel que acoge”. Beronika Gómez, por su parte, afirma que, cuando queremos averiguar el motivo de un acogimiento, no solo podemos “discriminar si ser acogedor está al servicio del síntoma”, sino la existencia de “una intención de aproximación al deseo”. Cuando alguien quiere acoger, “¿qué quiere en realidad? ¿Se trata de hacer el bien, se trata del ideal, se trata de un nuevo objeto a adquirir?”. ¿Hacia dónde dirige el sujeto su mirada? ¿Qué busca llevar a cabo con el acogimiento? ¿Tiene algo que ver con la falta? Si es así, ¿qué viene a llenar un niño de acogida?

Beronika Gómez
Beronika Gómez

b) No cabe duda que ante estas preguntas, los profesionales tenemos que estar muy atentos. ¿Es lo mismo acoger que ser acogedor? Beronika Gómez dice que “un sujeto que acoge deviene acogedor, pero no a la inversa”, es decir, que la pretensión de ser acogedor, “ocupar un lugar de”, convierte esa aspiración en imposible. Así pues, en el trabajo previo al acogimiento, “tenemos que intentar que emerja esa falta particular en aquellos que se ofrecen a acoger. Que esos posibles acogedores puedan decir y escucharse decir de qué está hecha su falta, porque eso les permitirá saber mejor qué lugar están preparando para el sujeto que vendrá”. Asimismo, y tal y como sostienen Frigola, “acoger a un niño es una decisión comprometida que apela a un deseo de quienes se tienen que hacer responsables de él”. En cualquier caso, y desde la perspectiva profesional, no hay que dar nunca por supuesta la verficación de ese deseo.

Francesc Frigola
Francesc Frigola

c) Otra cuestión importante, enlazada con el punto anterior, tiene que ver con el hecho de que la función de los acogedores requiere siempre de un tiempo para comprender. Ese tiempo para comprender no siempre se puede anticipar en los espacios de estudio y preparación de las familias acogedoras. Hay que esperar que se concrete el vínculo con el niño acogido, y que este dé su consentimiento. Esto requiere un tiempo de preparación, un tiempo que también necesitan los acogedores, y es que mientras se materializa el vínculo, el sujeto (cada acogedor) retorna a ciertas dimensiones del vínculo que estableció con sus propios progenitores.

d) En efecto, en todo proceso de acogimiento, un niño o una niña de acogida interroga de un modo u otro a los acogedores sobre el lugar que ocupa en su deseo, pero a veces también se produce al revés. Hay acogedores que trasladan esa misma demanda al niño que tienen a su cargo, es decir, preguntando por el significado que tienen ellos en el deseo del niño, una solicitud que, sin duda, no le corresponde. Esa demanda parece precipitarse cuando el sujeto (los acogedores) experimentan lo incierto en su función paterna, cuando se sienten interrogados en algún punto por el niño. Lo habitual es que los acogedores experimenten esa incertidumbre en tanto que “representan” una función paterna, una función nunca garantizada, precisamente por tener estatuto de representación. Son una familia acogedora y a menudo pesa más el significante “familia” que el encargo que se recibe a la hora de “acoger” a un niño.

e) En este sentido, uno de los efectos más perjudiciales en los procesos de acogimiento se observan sobre todo en aquellos casos en los que los sujetos necesitan creer que son los padres de ese niño, eludiendo la indeterminación de la función que se les adjudica, esquivando esa función de representación. Es así como, en muchas familias de acogida, se abre un mar de dudas cuando se sienten increpadas en su función, cuando un niño dice, por ejemplo, “tú no eres mi madre” o pregunta al acogedor si “te puedo llamar papá”. ¿Cómo lee un acogedor esos actos o decires de un niño? En ciertos momentos, ante un “tú no eres mi padre o mi madre”, se puede leer como una destitución de su función, un hecho que genera mucha angustia en la medida que puede llevar a demandar un lugar ideal.

Asun Pié

f) La autoetnografía que presenta Asun Pié en el último capítulo del libro trata mucho esta cuestión, sobre todo para dar cuenta de la dificultad de llevar a cabo un encargo que tiene que ver con el establecimiento de un vínculo de crianza que no puede hacerse sin amor (tal y como lo plantea ella, sin “amor filial”). Los profesionales podemos argüir que un acogimiento debe adecuarse a su finalidad y que no hay cabida para ese “amor filial”. Si la finalidad del acogimiento es el retorno del niño o niña con la familia de origen, esto debería quedar claro desde el primer momento. Su motivación, por lo tanto, debería ir en esa dirección, se está ofreciendo un servicio temporal, pero tal y como advierte Beronika Gómez, “dirigir la motivación hacia un lugar donde no tienen nada que hacer” (el retorno con los padres), “supone una tesitura complicada para las personas acogedoras”. “El proyecto de acogimiento familiar, por su particularidad temporal -apunta de nuevo Beronika Gómez-, puede suponer estar en duelo de manera constante”. No solo para los acogedores, por supuesto, sino también para los niños y niñas de acogida.

g) Finalmente, acoger a un niño (igual que tener un niño) actualiza el reconocimiento del deseo del otro, del que se alimenta la vida humana. Para que una vida tenga sentido, debe alimentarse del deseo del otro. Un niño acogido interpela ese deseo por parte de los acogedores. Estar desemparado significa, entre otras cosas, no encontrar el reconocimiento en el deseo del otro. La vida es demanda de amor dirigida al otro, demanda de ser algo para el deseo del otro. Si falta ese deseo, la vida cae en el sinsentido.

Si el caso que explica Asun Pié en el último capítulo del libro nos interpela es porque pone en juego, sobre todo, ese deseo hacia la niña de acogida. ¿Alguien piensa, acaso, que sabe realmente porque quiso tener un hijo? Este libro nos interroga a todos sobre ello.

familias de acogida