La escuela de la desescalada: ¿la educación que vendrá?

escuela de la desescalada

Foto: Jaromir Chalabala

Jordi Solé Blanch, profesor y director del grado en Educación Social de la UOC y miembro del grupo LES, reflexiona sobre la escuela de la desescalada y la educación que puede venir a raíz de la situación vivida por el confinamiento debido a la pandemia de la Covid-19.

La ministra de educación Isabel Celaá acaba de anunciar la apertura parcial de los centros educativos de acuerdo con el plan de desescalada previsto por el Gobierno: apertura administrativa en la fase 1 y, dos semanas después, apertura de los centros que se encuentren en las zonas en las que se ponga en marcha la fase 2 para el alumnado de 4º de la ESO, 2º de bachillerato y 2º de FP de los grados medio y superior a fin de que puedan realizar sus exámenes. Además, en esta fase 2 se abrirán las escuelas infantiles, 0-3 y 3-6, con el fin de ayudar a las familias en la conciliación de la vida laboral.

Mientras se aprueban las medidas de protección para hacer posible esta apertura, el sector educativo discute y pone en marcha, con más o menos acierto, todo tipo de propuestas. En un primer momento, ha sido necesario garantizar la continuidad del curso desde que los centros educativos cerraron sus puertas con la declaración del estado de alarma y las medidas de confinamiento. Ahora se está discutiendo cómo se iniciarán las clases en septiembre tras seis meses con las escuelas cerradas. Al parecer, se está pensando en un modelo educativo que combine las clases presenciales y la enseñanza a distancia. En cualquier caso, la ministra ya ha dicho que, más allá de la coyuntura, esta crisis ha puesto en evidencia la necesidad de modernizar el sistema y que, por este motivo, ya han anunciado la LOMLOE en el Congreso, una ley que pretende acomodar cuestiones como la digitalización, la enseñanza personalizada y un currículum más competencial, entre otros.

¿Cómo volver a la escuela después de la experiencia vivida durante este confinamiento? ¿Qué poso habrá dejado la digitalización forzada de la actividad escolar? ¿Qué habremos aprendido de las desigualdades educativas y sociales que se han puesto de manifiesto -una vez más- a raíz de este confinamiento?

Vienen tiempos de cambios pedagógicos estructurales. En ningún caso irán acompañados de nuevos recursos y previsiones presupuestarias. Contaremos, eso sí, con una batalla política tremebunda entre el Gobierno y la oposición durante el trámite parlamentario de la ley, a la que habrá que añadir las reivindicaciones territoriales de turno y, poco después, las reacciones que puedan producirse con la presunta aprobación de una nueva ley de universidades. Más allá del espectáculo que tendremos que soportar, sería interesante abrir algunos interrogantes. ¿Cómo volver a la escuela después de la experiencia vivida durante este confinamiento? ¿Qué poso habrá dejado la digitalización forzada de la actividad escolar? ¿Qué habremos aprendido de las desigualdades educativas y sociales que se han puesto de manifiesto -una vez más- a raíz de este confinamiento?

El hecho de trabajar en una universidad virtual me otorga una ventaja relativa a la hora de responder a estos interrogantes. Apuntaré, pues, algunas cuestiones críticas que tienen que ver con mi propia tarea docente, sometida a una ambivalencia permanente entre la voluntad de sostener el acto pedagógico y el riesgo de reducirlo al ejercicio de una función tecnocrática.

Algunas cuestiones a tener en cuenta en la escuela de la desescalada

1. La educación a distancia no se puede reducir a una yuxtaposición de actividades individuales. Por más afinadas que estas sean, hay que «hacer escuela», «hacer universidad». La personalización de la enseñanza corre el riesgo de reforzar el individualismo y eclipsar el aprendizaje colectivo, algo que requiere de la figura tutelar del profesor, y no de un bot. No podemos aceptar, pues, la reducción tecnocrática de la tarea docente en la elaboración de ejercicios programados, sin espacio para la transmisión. En este caso, las herramientas digitales solo disfrazan el viejo modelo conductista de la enseñanza individual programada, avalado, a menudo, por múltiples «evidencias» de la investigación neurocientífica ante las que hay que mantener una actitud crítica y menos medrosa.

2. Para «hacer escuela» es necesario «hacer aula», es decir, instituir un espacio y un tiempo colectivo y ritualizado en el que la presencia y la circulación de la palabra tengan un estatus particular y no sean sustituidos por un avatar.

3. Las herramientas digitales conviven con nosotros. Han transformado el mundo, la forma de relacionarnos, de aprender, de amar, de trabajar, etc. Si no nos apropiamos de ellas, los intereses financieros en juego son tan fuertes que la deriva comercial de la educación llevará a nuestros estudiantes al simple consumo de software, que ya no se distinguirá de cualquier otra actividad que hagan con sus dispositivos tecnológicos y rodeados de pantallas. A pesar nuestro, los profesores y profesoras nos limitaremos, en el mejor de los casos, a proveer estos softwares de contenidos en un nuevo rol de curators hasta que los algoritmos lo hagan mejor que nosotros.

4. Es necesario insistir en que la escuela es una «institución». Es cierto que funciona como un aparato ideológico del Estado y que a menudo se convierte en un instrumento de reproducción social, pero también puede encarnar los valores de aquello que queremos ser como sociedad en contra de los intereses económicos que pretenden colonizarla. De nosotros depende que no se convierta en un «servicio» encargado de satisfacer las demandas de usuarios individuales.

5. Asimismo, la escuela se convierte también en un refugio para muchos niños y jóvenes que encuentran en ella la palanca de la emancipación y la fuente que nutre su deseo de saber. Para muchos de ellos, el #yomequedoencasa de estos días de confinamiento es un infierno. Nadie ha tenido en cuenta las violencias y las discriminaciones que se viven dentro de las casas. Si la gestión de la crisis del Covid-19 se ha entendido como un problema de «salud pública», las desigualdades que se viven dentro de los hogares familiares no son un asunto privado.

6. Este confinamiento debería hacer reflexionar a los entusiastas de la gamificación educativa y las metodologías innovadoras en torno a la labilidad de sus propuestas. La pedagogía que ha dejado de lado los contenidos para entregarse al entretenimiento es la primera que ha caído. De repente, no se ha sabido qué hacer porque no se sabe qué se debe enseñar. Mientras tanto, se apela al acompañamiento emocional como si un coaching de circunstancias pudiera sustituir la oferta pedagógica. Al mismo tiempo, ha acudido a rescatarlos la retórica del aprendizaje y la evaluación competencial, que no deja de ser una forma de autoengaño. Para sortear estas trampas, aprendamos del profesorado capaz de impulsar situaciones educativas estimulantes a partir de contenidos movilizadores, los únicos capaces de generar transformaciones subjetivas cuya impronta puede acompañar a lo largo de una vida.

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Foto: Helena Martínez Guimet

Podríamos seguir ampliando la lista, pero no disponemos de suficiente espacio. Hago el esfuerzo de creer que vale la pena discutir estas cuestiones. Sin embargo, este período de confinamiento ha demostrado que las autoridades han delegado en las familias las trayectorias educativas de sus hijos e hijas. No solo no se han tenido en cuenta las graves dificultades que impiden sostener la conciliación familiar y laboral, sino que la extensión masiva del homeschooling solo la puede llevar a cabo un perfil de familias muy determinado, inexistente en la clase media con la que sueñan las élites políticas cuando contemplan la sociedad. En efecto, para ellas, tal y como anunció Margaret Thatcher, «la sociedad no existe». Por eso nos gobiernan apelando a la responsabilidad individual.

Sea como fuere, y para no desviarnos del tema, nadie ha invitado a las familias a discutir estos problemas pedagógicos. Es probable que la tarea comprometida de muchos maestros y maestras las haya aligerado un poco de una responsabilidad que les ha sido delegada, pero no podemos generalizar. Habrá alumnos que, habiendo perdido las rutinas, desconectarán de un trabajo escolar que no tiene sentido sin la escuela. Tampoco lo tendrá aunque se provea de apps y soluciones tecnológicas a los diferentes agentes de la comunidad educativa si nadie se interroga sobre el sentido mismo de la educación. Ojalá la experiencia que estamos viviendo estas semanas sirva para pensarlo a fondo y no dejemos en manos de los otros (los expertos de las evidencias científicas, las autoridades políticas, los mercaderes de las innovaciones tecnoeducatives y pedagógicas, etc.) las respuestas que debemos construir entre todos y todas.